Los perros o cualesquiera otros animales domésticos (incluido el hombre)

© Joel Rea

Manel Costa

Los perros, esos animales que se llaman (o llamamos) amigos del hombre, me resultan abiertamente irritantes o, siendo un poco más sincero, insoportables. No podría decir el porqué (al menos no un motivo con suficiente peso), pero es un sentimiento que tengo muy claro, está muy metido dentro de mí, y, quizás, lo que más me fastidia no es la propia molestia que me producen, ni desconocer el porqué de esta actitud tan negativa hacia  ellos; lo que verdaderamente me disgusta es que ellos no se dan cuenta de la repulsión que me provocan. Ellos, o bien porque se hacen los idiotas (condición que indudablemente no sufren), o bien porque les importan un bledo mis sentimientos, me tratan exactamente igual que a cualquier ser que los estime y los halague o mime con verdadera pasión. Esto, puede que ustedes no lo crean, pero me revienta, me saca de quicio, me resulta sencillamente, insufrible.

Cuando yo poseo un sentimiento (sea éste el que sea) por alguien o por algo, hago todo lo posible para demostrárselo; de esta manera consigo lo que esa actitud pretende, es decir, sacar un beneficio propio. Pero con ellos sobra cualquier grosería, incluso cualquier oprobio o desdén. Con su cabeza humillada y ojos temerosos e implorantes se deslizan entre mis piernas suplicando cobijo y amparo. Mis desprecios son abyectos y, tal vez, lo reconozco, mortificantes y bárbaros; empero, vuelvo a repetir, es algo muy superior a mis fuerzas. Me da náuseas su visión, no lo puedo remediar.

Yo pienso que los perros saben muy bien que cualquier ser les odia, lo que pasa es que éste cree que lo necesita, y el perro aprovecha muy bien esta circunstancia para vivir cómodamente de él. Sufre, a veces (no siempre), pero a cambio, y dado que no posee el sentimiento de orgullo, aguanta y saca beneficio; en una palabra: crece a costa de una sociedad extensamente plural y repleta de diversas formas de vida. Y es por eso que no consigo soportar su presencia. Tan sólo conocer su existencia me deprime. No nos damos cuenta de que nos están explotando de una manera total y sin castigo. Deberíamos acabar con ellos. Sencillamente, no los soporto, sobre todo cuando me mean mis ruedas; y eso que soy un coche muy tolerante y condescendiente.

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