Los retratos

© Afarin Sajedi

Manel Costa

Los retratos, esos que se hacen mediante pincel y sin procedimientos más o menos mecánicos, siempre me han llamado la atención. Me han subyugado por el disgusto y placer que me ofrecían la vez (lo que me demostraba que algo muy negativo puede ser compatible con un estado de complacencia). Mi decepción no consistía en la valoración artística del cuadro, o porque la técnica fuera más o menos de mi gusto, sino por todo lo que, a través de sus trazos, me demostraba.

Todas las personas retratadas eran seres circunspectos, serios, almidonados, como queriendo dar sensación de trascendencia o, en otros casos, simplemente mostrando su falsa humildad y bondad mediante expresiones estudiadas. Con todo, lo que más resaltaba (se notaba perfectamente) era su inseguridad; estaban fuera de lugar, un poco avergonzados por su propia figura, y temiendo no dar la imagen deseada. Era todo un poema verlos sufrir a través del lienzo.

Unos escondían, de manera muy poco hábil, su afán de superioridad; otros, satisfechos por su posición económica, social, política, militar o religiosa (esta última era la que más contrastes ofrecía), se rodeaban de aquellas prebendas y distintivos que los diferenciaban del resto de la gentuza que conformaba la plebe. Trataban (se les notaba clarísimamente) de mostrarnos situaciones forzadas como si fueran naturales. Aunque rodeados por todos aquellos (que ellos creían) incondicionales, se les adivinaba una inseguridad enorme, como si en cualquier momento, con tan sólo unos minutos más de posar ante el pintor, fueran a perder todos sus emblemas, títulos, insignias, distintivos y toda la parafernalia que los sostenía en su lugar social, y quedarse desnudos ante los ojos divertidos y burlescos del pueblo.

Los pintores, la mayor parte de ellos artistas honestos, se recreaban con esta visión, y, cómo no, se vengaban de los personajes alargando (y por tanto, haciéndoles sufrir), todo lo posible, las sesiones, para expresar fielmente las superficialidades de aquellas personas, para reflejar sus vacuidades, sus vilezas e inseguridades. Todo ello, aquel artista que tenía habilidad para hacerlo, lo manifestaba “entre pinceladas”; sólo aquellos que conocían el arte y la sensibilidad artística podían distinguir aquellas burlas. Tenías que saber captar, detrás de cada rasgo, el verdadero perfil oculto, que aquel pintor, astutamente, había plasmado mediante su ironía. Era la venganza del arte cuando es ofendido por el poder y la vanidad.

Mañana, sin duda, iré a hacerme mi decimocuarto retrato.

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