Fracasos

© René Magriet

Manel Costa

Al menos soy el único dueño de mis fracasos. Tan sólo de ellos puedo vanagloriarme, ya que a pesar de ser algo negativo, hace que me sienta poseedor de algo totalmente inalcanzable para el resto. Es el primer título que puedo colgar en la pared de mi casa: “¡EXPERTO EN FRACASOS!” (entiendo, naturalmente, los que de mí se desprenden, ya que no intento, es obvio, ser un experto en fracasos ajenos, aunque, éstos y sus circunstancias y consecuencias, sean bien similares a mis posibles fracasos).

Sutilmente las riadas costumbristas me han impelido a alcanzar mis fracasos, sin dejar tiempos ni lugares a mis logros como ser; sencillamente porque esos éxitos no lo eran para este tipo de seres lacayos de mimetismos tontos y duplicados hasta la eternidad; ellos (y yo, en la mayoría de los casos, por haber seguido sus arteras instrucciones) me han abocado al fracaso continuo.

Muchos han tratado de salirse de esas corrientes, no contar por éxitos sus intentos; sin embargo, y aun así, si alguien lo conseguía, el problema reciclaba, es decir, volvía a empezar de nuevo, porque inmediatamente era acompañado de una pléyade de admiradores, provocando, a continuación, otros “fracasos” semejantes a los originarios.

Ante este espectáculo he optado por la búsqueda del camino desconocido y, presuntamente, intransitable de la cabriola mental imposible de repetir dos veces; de un cambio interno entero y absoluto, en el que olvide por completo mi razón, y la deje abandonada en un desagüe. Sin embargo, el fracaso, como si fuera mi segunda piel, se adhiere cada vez más a mi esencia hasta que consigue ser yo mismo: y no me dejará tranquilo hasta que acepte mi lugar y función en el engranaje circular y definitivo.

Así llevo varios años, pero no hay manera de alcanzar el 1,90 m. de estatura.

Podría también gustarte...