Inmaterial

Antonio Vera

Una cosa lejana, blanda y sin forma por lo impensable, suerte de ilusión perdida, casi perdida en las agrietadas paredes de la memoria, aleteaba dentro de su cabeza como un insecto para recordarle a su involuntario anfitrión que ahí estaba, que ahí seguía, sin dejar de ser aquello que se retorcía en el esfuerzo mental por ser concebida, encontrada.

Ahí estaba reclamando la atención que se merecía o que buscaba merecerse, atormentándolo con sus finos estragos. Atención que resultaba inconcebible, ya que ninguno de los cinco vulgares sentidos de Bernath tenía la capacidad de captar algo tan exiguo y aislado de la materia pensable como para traducirlo en algo o alguien que fracturaba sus noches y sus días. En algo que tuviera semejanza con alguna cosa o ser con el mundo que lo rodeaba. Pero no, ni la vieja memoria, ni sus agotados sentidos podían ayudarle. Y ahí seguía con su ruido de invertebrado, estrellándose continuamente en el límpido cristal de los ojos y sin poderse mirar, en las pulsaciones dactilares y sin poder tocarse. Ahí estaba, tan cerca de la luz de la existencia, pero sin ninguna forma para mostrarse a ésta.

A veces, lo dejaba en paz, lo acechaba desde su dolosa oscuridad sin hacer ruido alguno, mas el silencio estruendoso de su ausencia resultaba más tormentoso que el ruido al que ya se había acostumbrado. Él sabía que ahí seguía, esperando un parpadeo de su memoria para volverse sensible, para convertirse en la cosa que era: un recuerdo, un sueño… algo con nombre para poderse pensar o decir.

Había agotado múltiples posibilidades tratando de aislar aquella sensación de la vasta tormenta de materiales confusos en que se había convertido su vida y que nublaban su cerebro. Durante muchos días, perdidos éstos de las cuentas exactas, su ofi- cio fue deshacerse de aquello que lo habitaba, como una luciérnaga, en el negro cajón de su cráneo. Pero aún no lo había logrado.

Quedó profundamente poseído por las cavilaciones de su difícil empresa y por la comodidad de su mecedora. En el patio, su imagen, rodeada por la abundante jardinería que se recargaba en las tres paredes blancas, era un gesto de placer para la desolada casa que dormía también, en el suburbio, alejada lo más posible del ruido, justamente para lograr, aunque de vez en cuando, un descanso como el que ahora lo tenía desconectado del mundo. Por fin solo, más bien, sin él, para evitar la existencia de su tormento. Sólo así lograba olvidarse, por unas horas, de él mismo.

Ahí lo sorprendió lo más alto de la noche con su luna fielmente redonda, y que ya no vio sino carcomida por las nubes espesas del amanecer. Casi negras por lo demasiado tarde o temprano.

La fuerza con que lo poseyó el sueño, lo había hecho perder la noción del tiempo. Pero eso no le preocupaba; lo que en el momento le interesaba era captar de dónde venía el tímido batir de unas alas que desgranaban su eco por todos los rincones de la oscuridad. Era un ruido que daba lo mismo escucharlo despierto o dormido, ya que, en ninguna de las formas en que se le percibiera, perdía su angustiosa misticidad.

Este ruido lo llevó a escuchar otro, más rústico y patético: los ladridos fueron brotando de uno en uno del silencio de sus oídos. Éstos lo arrancaron violentamente de la maraña del semisueño en el que aún se encontraba y lo pusieron de pie.

Escuchó. El viento le acercaba y alejaba lo que pretendía ubicar. Se puso las manos en las orejas y amplificó el sonido, y en el trascurso de un mínimo tiempo, posicionó la fuente del evento. Venía de la reja de la calle.

Caminó desde el centro del jardín, descalzo, para evitar el ruido. Atravesó la sala, luego el pasillo. Fotografías y retratos lo espiaron desde la oscuridad. Entreabrió la puerta y auscultó el pedazo de calle que se dejaba ver. Nada encontró. Entonces quiso salir, pero el miedo reprimió su inercia. Asomó por el ojo de la cerradura y nada, sólo vio parte de la reja. Con la misma cautela, decidió recorrer el guinda de la persiana con el temblor de su índice; entonces pudo ver.

Una compacta jauría de perros se arremolinaba y peleaba ardidamente por meter el hocico entre los estrechos barrotes de la reja. Parecía la disputa por un jugoso asado y cuyo coraje, correspondía a lo inalcanzable. Mas aquel efecto no se sostenía en causa alguna. Nada había del otro lado que pudiera irritarlos de tal forma. Los animales metían la cabeza, y sus pezuñas tronaban en el suelo por la fuerza con que intentaban meter el resto de sus cuerpos. Se quedaban atorados; luego otros y otros, repitiendo ordenadamente la misma operación. El duro látigo de la rabia parecía acicatearlos hasta el alarido.

Los miró por largo rato y ninguno de los animales perdió una pizca de la furia que los movía, entonces, cansado por el monótono artilugio con que trataban de solucionar el invisible problema, cedió y desapareció al soltar la persiana.

Esta vez fue directo a la cama. Antes cerró la puerta por donde había entrado y que daba al jardín detrás de su casa, y disfrutó por un momento la luz propia de la mecedora de latón que iluminaba el centro en el que se encontraba. Afortunadamente el ruido se hizo opaco y el zumbido que llegaba le sirvió para reconciliar el sueño.

Los rayos del avanzado sol quemaron sin piedad su cara. Ahí estaba, desnudo y boca arriba, con el pecho también colorado. Pasaban las once de la mañana cuando el sol lo despertó. Se destrabó del mecanismo del sueño lentamente, estiró los brazos hacia arriba y al mismo tiempo sorbió el aire; se puso de pie y descargó, con profunda satisfacción, sus hinchados pulmones.

El sol rebotaba con todo su esplendor sobre la cal de las paredes. Todo el jardín, desde el tallo más nimio hasta la hoja más lustrosa, estaba colmado de luz, dejando ver el prodigioso tejido de sus nervaduras. El día se imponía con toda la violencia de su claridad y presentaba a los ojos la evidencia de las cosas.

La posición de su sombra le indicó la hora en que su cuerpo ocupaba ese espacio. El día ya había resbalado sobre el mundo casi la mitad de su trayectoria. El azul del cielo se hacía más visible por el claxon de las chicharras, que reventaban con toda su estridencia el silencio de la soledad.

Nada le molestó la desafinada orquesta. Sus ánimos, restaurados por el buen descanso, lo toleraban todo. El curso de la noche le había acercado una lejana alegría: el día que tanto esperó estaba por fin ahí, con él. Lo único que faltaba, para concretar su felicidad, era llegar a la esperada cita con el médico y exponerle todas sus dudas.

Desde la sala, el instinto lo llevó al pasillo y éste a la puerta y a la reja que daba a la calle. El suceso nocturno, el recuerdo desordenado de éste, le cayó como una piedra en el agua quieta de sus pensamientos. Con ajeno anhelo palpó los barrotes. La tristeza del óxido coloreó sus manos. En su memoria, relampaguearon ladridos de perros. Con la cabeza hacia el suelo, agarrado del barandal y con los ojos cerrados, trató de solicitar a sus recuerdos la claridad de aquellos relámpagos que iluminaban y oscurecían su cerebro. Se tocó el pecho y odió la terrible confusión. “Entonces debí amanecer en la cama.” Pensó.

El tiempo tenía la misma prisa que él y se desconectó violentamente de sus intentos. Camino a la sala, sacudió las manos para despojarse de la pena que lo poseía. Quiso voltear. Desistió. Una terrible desconfianza en la pureza de su soledad le obligó a cerrar la puerta con potencia innecesaria, como si la acción llevara la intención de intimidar a alguien que le congestionaba hasta los nervios.

Mientras se ponía la ropa pensó en los ojos que lo observaban. Se distrajo al cerciorarse en la fecha de su cita, escrita en gis rojo sobre un pizarrón verde.

En la calle, el ruido generado por la tumultuosa soledad lo desesperó nuevamente. Por dentro, en su corazón, o el lugar en donde se deposite la dolorosa euforia de sentirse morbosamente observado, sentía quemarle, tenía ganas de disgregarse. Pero los años de mal no habían lastimado en vano su cuerpo, éste ya era un maestro en las artes del disimulo, y el efecto de aquellas miradas apenas si podía notarse en sus ojos vidriosos que hacían todo lo posible para contener el dolor.

Una orgía de cables que se anudaban y que luego se dilataban le daba a su camino la sensación de una larga travesía, casi medible ésta a la distancia de su preocupación. Desde él, la ciudad era lenta y el único remedio para esa lentitud era pensar en la larga lista de diagnósticos e hipótesis que, otros médicos, le habían dado sobre su situación.

Un largo tren de recuerdos desfilaba por su memoria, buscó en cada uno de sus vetustos vagones el génesis de su antigua enfermedad. Mas ese viaje se reducía siempre a un mismo recorrido, a andar sus recuerdos sobre los mismos rieles y con las mismas ruedas carcomidas, andar que concluía en la única certeza de ya haberlo hecho antes. Los mismos resultados, la sensación de repetir algo superfluo le decían claramente su incapacidad para salirse de esa ruta muchas veces caminada, y esta vez hacía exactamente lo mismo. “A final de cuentas pensaba a manera de autocomplacencia sentirse bien o mal no es más que una tímida variación de las muchas formas de inventarse la existencia”. Sacó de su bolsa un papel y se lo acercó a sus ojos, se detuvo para orientarse en la dirección que buscaba. Continuó.

Caminó una cuadra más y dobló a su derecha. Un callejón apareció frente a él. Dos puertas grandes y negras remataban el fondo. Antes de llegar a éstas, sintió a causa de sol, el olor aceitoso de la madera. Pensó en dos brazos lúgubres que lo esperaban abier- tos para darle la bienvenida.

Entró y caminó, entre dos hileras de butacas blancas, asombrado por el sosiego del color celeste que recorría las paredes del pasillo. Al final de éste, por fin, el consultorio donde disiparía su tormenta.

Una fuerza de tempestad abrió las puertas para dar paso a una presencia visiblemente demacrada. Sus ojos irritados y orbitados por dos círculos negros, delataban su mal dormir. Y su ropa negra re- saltaba, hasta la risa o el espanto, su cabeza calva.

El doctor, inmóvil, detrás de su escritorio, observó, como nunca lo había hecho, la decoración y los colores de su consultorio. Miró la vasta cartografía que la humedad había trazado en las paredes, las aspas detenidas del ventilador en el techo. Observó, con el afán de no hacer caso a su intempestivo paciente, los rombos blancos y turquesas en las losetas del piso, hasta entonces notó la suciedad acumulada clandestinamente en los rincones. Siguió buscando algo más que mirar, hasta que se encontró con lo ineludible.

Tardó en encontrar un ademán para invitar a Bernath a sentarse, y con un movimiento casi imaginario le señaló la silla, con el dedo que apenas le obedeció para indicar la invitación. Le preguntó su número de cita.

Bernath dio respuesta al doctor agachándose hasta casi besar el escritorio.

Entonces el médico vio la cabeza dividida, en dos partes, por un profundo canal que bajaba por la nuca y se perdía en el cuello de la camisa. Se horrorizó y rápidamente buscó en que distraerse. Se quedó perdido en el escrupuloso detalle de un grabado que ostentaba un caserío con sus antenas y su arrogante sol, enmarcado en un rectángulo de cuarenta por veinte centímetros. Se distrajo pero no tanto como para evadir la escena; entonces, no le quedó más remedio que romper la mordaz interrogación del silencio.

—¿Cuándo empezó con su enfermedad?

Bernath se restregó con fuerza los ojos para hacer más aguda su desesperación. La pregunta le hacía presentir la misma suerte que había tenido con los otros médicos.

El segundero arrastraba inexorablemente los minutos y el doctor, tratando de asimilar la situación, procedió a revisarlo; antes, lo detuvo una punzada en el pecho. “No, no lo estoy imaginando.” Y con una lámpara auscultó el apretado canal en la cabeza de su paciente, sus dedos temblaban intentando abrir los bordes lisos y calientes de la zanja.

No soportó y regresó a su escritorio. Buscó en los cajones algún libro para despejar la densa niebla en la que se habían hundido él y sus conocimientos. Sin dirigirle la mirada, procedió a revisar viejos manuales apilados sobre su mesa. Mientras buscaba, sintió el horror de ya haber hecho lo mismo en alguna ocasión. A sabiendas del resultado, agotó infinidad de páginas, y claro, sin éxito alguno.

Revisó celosamente los índices y nada mejoró. Entonces, se puso a pensar, sosteniendo la interrogadora mirada de su enfermo. Lo observó con detenimiento mientras buscaba en lo más recóndito de sus conocimientos y experiencias, algún caso similar o cercano a la monstruosidad que tenía enfrente. Nada.

Puso los codos sobre la mesa intentando hacer una observación más certera, aguzó sus ojos en los del otro, y sólo entonces pudo sentir el dolor, la tristeza. Sintió las miradas que lo espiaban desde un lugar que no podía precisar. Su mente empezó a parpadear tratando de aprehender imágenes escurridizas. Cerraba los ojos tratando de exprimir hasta el último esfuerzo por lograr su empresa. No logró nada claro.

Giró su sillón y le dio la espalda a Bernath. El médico volvió a encontrarse con su imagen en el espejo sucio de la pared. Se vio fracturado, borroso, y se quedó en silencio. Sus ojos redondos y miserablemente claros, observaban estremecidos el estado en el que se encontraba.

Sacudió la cabeza para aclarar todo y tomó la decisión. Se puso de pie, caminó hasta su flemático paciente y quedaron, ambos, de frente.

Lo tomó por el hombro y, precedido de un copioso suspiro, empezó a ordenar sus ideas para, por lo menos, reconfortar a su interlocutor con palabras, ya que no le podía ofrecer la posibilidad de alguna cura.

Habló claro un prolijo monólogo. Poco a poco, la tensa atmósfera fue cediendo por las bondades de la palabra. Habló, con ese escaso y extraño abuso de la necesidad de hablar correctamente, para agotar el olvido que carcome la solidez de la memoria. Habló como un niño y dijo frescamente, desde el recuerdo más cercano, hasta los que ya sólo existen solos en las regiones más obscuras de la árida imaginación. Exclamó sus palabras con ese placer de hacer patente las cosas. Le mostró a Bernath, frente a la luna rota del espejo en la sucia pared, los colores, las líneas olvidadas de sus manos. Le enseñó la capacidad de transformar en silencio hasta la mole más compacta de ruido para estar en paz. Con palabras, quitó la rigidez de las cosas, y éstas se volvieron nombrables, recordables.

Bernath sintió caer nuevamente el agua fresca en su cabeza. Pudo imaginar claramente su rostro tierno en la pila bautismal, sintió las consecuencias de su recién recibido nombre. Los vellos finos de la mujer rozaron la palma de sus manos, y esta sensa- ción subió en un impulso eléctrico a su memoria; de un latigazo vinieron otros recuerdos. Un escalofrío inició su recorrido y se le comprimió en el abdomen cuando le llegó al olfato el olor del prostíbulo. El humo del tabaco y la cerveza hicieron que la música de la rocola sonara en su cabeza como un órgano a media noche en la catedral. Ahí estaba en calma, joven, bebiendo, bajo la luz opaca, un tarro ámbar de espumeante luz.

Recordó todo sin esfuerzo alguno. Su boda, la mujer diciéndole su nombre con su voz caliente al oído. Se acordó de él.

El ruido que cincelaba su cabeza salió huyendo justo como el insecto que había imaginado.

Habló y escuchó palabras proporcionadas. Frases medidas por la misma naturaleza de lo que se pretende hacer sentir. Sus palabras la dijo como Chesterton una vez, con la indispensable simplicidad que elimina lo complicado en todo procedimiento.

Habló para sí mismo, palabras prodigiosas que le mostraron la ruta de escape. Y se miró más claramente. Recordó su viejo consultorio, su rostro, el verdadero.

Un llanto honesto llenó de agua sus ojos. Ambos hablaban y pensaban sincronizadamente. El hielo de la distancia se rompió. Un abrazo los unió hasta concretar el encuentro. Ambos se palmearon suavemente la espalda, hasta que la sinceridad y las lágrimas les detuvieron las manos.

Satisfechos, ambos salieron por la puerta, ocupando al mismo tiempo el mismo lugar.

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