El perchero

© Jacek Yerka

Lilia Ramírez

Todos los sitios visitados o aquellos donde nos vemos obligados a pasar un trozo de nuestra vida por cualquier circunstancia y lapso, son prolongaciones de nuestra casa. De tal manera que nuestro hogar se extiende a donde quiera que vayamos.   

Desde que dejé mi último trabajo se multiplicaron las necesidades de atender la salud en pos de la lealtad familiar. También aumentaron las oportunidades de convivir con nuevos y viejos amigos más allá de las fronteras por puro esparcimiento; las posibilidades de crecer personal y profesionalmente en áreas que hasta entonces habían sido desatendidas. Hechos que obligaron a moverme de un lado a otro con mucha frecuencia. Tal circunstancia me forzó a cambiar el elegante bolso de mano de antaño por una enorme bolsa que, si bien es bonita, de marca, dista mucho de aquellos bolsos de piel comprados con ciertos peleteros importantes que tenían su expendio de fábrica en la Norte 45 con la Poniente 120 en la Colonia Industrial Vallejo. Aquellos empresarios grababan con monogramas dorados los artículos de fina piel que vendían y yo, su clienta en la década de los 70, gozaba de tal privilegio. En esa época, los tonos de zapatillas y zapatos solo variaban entre diferentes tonos de café y el negro (descontando las zapatillas de otras pieles). Igualmente me he visto obligada a dejar de usar aquellas altas zapatillas de cabra.

En mi actual bolso-maleta guardo diversos objetos de aseo personal: cepillo y pasta dental, papel sanitario, cepillo para el cabello, bloqueador de rayos solares, gotas para eliminar ojos rojos, desinfectante de manos, un botiquín básico y la bolsa de cosméticos, la cartera, llaves, monedero de morralla, lapicero, libreta de apuntes, credenciales, tarjetas de crédito. Como es fácil imaginar, la bolsa llega a pesar cerca de dos kilogramos.

Algo tan pesado (y aunque fuera ligera) se vuelve un “estorbo” cuando necesito ir al sanitario del sitio donde me encuentre: un autobús, un avión, un ferry, la sala de espera de un consultorio, alguna terminal terrestre, marítima o aérea, un museo, un autoservicio, una gasolinera, un centro comercial, una biblioteca, un mercado público, un parque de diversiones. Esta constante visita a sanitarios de diversas clases y de sitios tan alejados unos de otros en concepto y físicamente, ha llamado mi atención sobre las características que los hacen confortables o los vuelven de lo más incómodos:

Como es del conocimiento común, estos sitios toman diferentes nombres, pero casi todo mundo los entiende, incluido el término toilette (léase tualet) que proviene del francés. Otros términos son: retrete, aseo, servicio, sanitario, inodoro, baño, letrina, lavabo, W.C. (simplificado a wáter). WC, son las siglas de su nombre en inglés: water closet (armario del agua).   

El confort en estos sitios, a mi juicio, lo dan los siguientes elementos además de la limpieza del sitio:

Agua, elemento indispensable para hacer las descargas de la “taza de baño”. No importa si se trata de esos sanitarios que controlan la descarga con una celda electrónica y en cuanto uno se pone de pie, ésta se realiza con una presión impresionante, o aquellos sitios donde se ha resuelto el asunto con un “tambo de agua” en el exterior del baño y una cubeta para acarrearla.

Una puerta que cierre bien y tenga seguro desde el interior (puede ser un mecate que se atora en un clavo o una cerradura que da vuelta dejando ver el letrero en rojo de “ocupado” o verde de “libre”).

La distancia entre la puerta y la taza de baño. En los hospitales del ISSSTE y otros edificios gubernamentales, ésta es como de metro y medio, mientras que, en otros sitios, la puerta se abre para adentro y casi topa con la taza, por lo que se requiere acopio de equilibrismo para entrar y desvestirse en ese estrecho espacio donde las rodillas pegarán con la puerta.

La presencia o no de papel secante. En algunos sitios al pagar el derecho a hacer uso del sanitario, entregan un rollito de papel previamente calculado, en otros, ni asomo. En algunos más, la compañía líder en papel higiénico en nuestro país abastece dispositivos especiales para colocar rollos cuyo diámetro alcanza los cuarenta centímetros, aunque también hay despachadores que proporcionan este artículo como lo hacen más o menos las cajas de pañuelos desechables. Hay algunos sanitarios más sofisticados donde sale un agradable vapor para limpiar aquello que debe ser limpiado. Yo, para no errar, cargo mi propio papel y, cuando después de lavarme las manos, uso las toallas de papel desechables, de esas blancas y resistentes que es una pena tirarlas, las doblo cuidadosamente y las guardo en una bolsita de plástico dispuesta para ello en mi bolsa-maleta con el fin de reusarlas en otro momento cuando, por ejemplo, siento la necesidad de limpiar la taza de baño o secar un lavabo antes de usarlo.

La luz es otro factor que puede ser vital pues hay inodoros que no tienen ventana y se encuentran muy encerrados como los de los complejos donde hay hasta diez o veinte salas de proyección cinematográfica. Si la luz se corta cuando deja de percibir movimiento, hay que agitar los brazos en medio de las tinieblas para encenderla nuevamente.

Y he aquí el punto clave del confort, lo que yo interpreto como un excelente diseño pensado para el bienestar del usuario: un perchero para colgar el bolso. No importa si solo es un clavo. Lo verdaderamente satisfactorio es la comodidad para colocar el bolso mientras se hace uso del sitio. Sin este eficaz adminículo del confort, resulta una verdadera complicación ir al sanitario pues por la más elemental higiene, el bolso de mano nunca se puede dejar en el piso. Así que el perchero es, para mí, el artículo indispensable para el confort en el retrete.   

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