Aurora azul

© Shawna Hatton

Anni Ossandón

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vio, a pesar de eso supo y sintió que el cariño se mantenía intacto aunque algo más cohibido, y era natural, pues el contacto por esos años había sido sólo a través de la memoria afectiva de ambos. Recordó con un dejo de nostalgia que él representaba incluso hoy, ese símbolo del amor platónico, idealizado en la adolescencia y luego amarrado a los sinsabores; cuando aparecen los últimos, cual salvavidas, salta el recuerdo: ¿y qué habría pasado si…? La euforia por ese encuentro se mantenía en cada célula, en cada espacio donde desplegara algún quehacer, en todas partes y un papel arrugado y con aroma a pinos se mantenía estrujado en el hueco de su mano derecha, que calentita no abandonaba el bolsillo de su mandil, era su sueño y con el mismo dormiría esta noche.

Apenas amaneció, Aurora se levantó cantando, la escoba era su compañera de baile y los paños para la limpieza eran pájaros que emitían melodías enviadas por su amado, recordándole que pronto, muy pronto, se juntarían a platicar sobre cómo la vida los había tratado y cómo hoy los volvía a juntar; nada es casualidad, se repetía internamente y de su corazón rayos danzarines salían al encuentro del sol de esa mañana. Aurora, una mujer seria, madura y con aspecto melancólico, hoy estaba radiante y su sonrisa traspasaba el tiempo, todos lo notaron, incluso él. Todos en aquella gran casa comentaban el repentino ánimo del cual era presa la sirvienta más antigua de la casa, esa a la que dejaron y que encontraron después de una noche de lluvia. Nadie supo nunca de dónde podía provenir aquella criatura azulada por el frío y con aspecto de troll. Sólo él parecía tener el secreto de aquella llegada intempestiva a la vida de ese caserón marcado por la tristeza y el desamor.

Adolfo se preocupó del estado anímico de Aurora, no era posible que hubiese enloquecido de la noche a la mañana, ella no; su condición la hacía especial, y más que a la locura la acercaba a una suerte de sabiduría desconocida por esos lares y tiempos. Sabía que no podía comunicarse con ella a través de la palabra, que sólo era factible abordarla en los campos oníricos y para eso debía existir todo un ritual antes de que ella determinara dormirse, no sería nada fácil; Adolfo no quería que ella sufriera, nunca nadie le había hecho saber que su aspecto causaba miedo y que la mayoría comentaba su fealdad a espaldas de ella, porque él lo había prohibido y era él quien mandaba, desde que Rufina partiera aquella noche lluviosa, de relámpagos y destellos plateados. Aurora bebió esa noche sin chistar el brebaje de leche de soya con miel que Adolfo preparó para ella y no supo cómo fue que soñó con el mar, primero estaba quieto y armónico, sintió mucha paz, luego comenzaron a desprenderse del sueño grandes olas que anunciaban preocupación, Aurora se emocionó en el sueño y supo que era miedo lo que sentía.

Adolfo comprendió que Aurora se había reencontrado con su historia y que sería ahora muy difícil sacarla de su actual estado, ¿quién la dejó salir?, ¿en qué momento se le ocurrió a alguien que Aurora podría ir de compras al pueblo? Mientras el ucubraba una serie de hipótesis para lograr una teoría respecto al estado de la muchacha, Adolfo recordó esa noche y su corazón se apretó, su amada Rufina se alejaba de este plano dejándolo con esa criatura insólita, azul, fea y con ojos de tortuga añosa. Entonces ideó lo de esa noche en complicidad con Rufina, quien desde el otro lado le manifestaba su ánimo a través de una noche lluviosa, con relámpagos plateados y llegaba Aurora al umbral de un mundo desconocido, a una enorme casa donde nunca había reinado el amor y por lo mismo los vínculos eran débiles. La única justificación de Adolfo fue decir que debido a una profecía que traería paz y amor al caserón, debían acoger a una pequeña de raro aspecto, pues venía a ayudar en los quehaceres de la casa, entregando a través de esos actos su gratitud por ser recibida.

Fue así que Aurora creció entre toda esa gente que nunca le habló, sólo solicitaban sus deseos materiales sin mirarla. A ella no le importaba aunque siempre se preguntó si la vida era para todos así, sentía afecto por Adolfo, por sus palabras de aliento cuando ella estaba afligida o cansada, era el único que le hablaba, que la hacía tener conciencia de que existía, porque era su espejo; ella no conocía los espejos, Adolfo había hecho que los sacaran todos de la casa, no existía vidrio que pudiera reflejar la imagen de alguno de los habitantes, menos la de ella. Ese día Aurora salió a comprar regalos de navidad, nadie la vio o hicieron que no la veían, sólo se acercó a ella ese amigo con el que hace muchos años había compartido tardes de juegos, adivinanzas y conversaciones sobre el cosmos. Él era especial, siempre le contaba todo a través de la percepción, Aurora sabía cómo resultaba la textura de las plumas de los pollitos recién nacidos, el sabor que tenía el durazno cuando caía de la mata maduro, el sonido que tenían los colores del atardecer en el desierto y de qué colores eran los afectos entre los seres humanos de buen corazón.

Adolfo ya no podría hacer nada, la pequeña niña cara de tortuga, azul y despeinada, se marchaba por la misma ruta que aparecía el sol; sintió tristeza y también alivio, se preguntaba que ser sin buenas intenciones podía hacer que Aurora lo siguiera y él lo aceptará, sólo lo descubrió el día en que murió, fue Rufina quien le comentó al respecto. Ese ser le había entregado a Aurora un secreto escrito en un papel el día en que se reencontraron, ella nunca lo supo porque no sabía leer, pero era el mayor legado que espíritu universal haya dejado al ser humano: “Bajo este pino de Navidad, un día pude ver tu corazón azul, fueron tus latidos los que me dejaron verlo pues yo no puedo ver, sólo sentir”.

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