El sueño de Narciso

© Saúl Nagelberg

Salvador García Lima

Desde la ventana vi cómo comenzó la historia: Narciso les confió a sus amigos que él tenía un sueño y ésto los llevó a reflexionar sobre el caso y a la inevitable conclusión de que ninguno de ellos tenía uno propio. A lo mejor por eso le entraban macizo a la tarea de quitarse la vida mediante tragos de alcohol industrial endulzado con refrescos de grosella o de frambuesa.

El “Chicho”, como le decían a Narciso, lo contó en medio de la peda:

—Yo siempre he soñado en embarcarme. Tener una lancha, de remos aunque sea, siempre me la pasaría en ella, ahí comería y dormiría, pero pos ni cómo, bueno: ni siquiera conozco el mar.

Lo contó así nomás sin saber que su confesión lo era, ni pensar en el “saque de onda” que iba a causar entre sus cuates, los del comando, los chupamaros, los trancadiaria, los teporochos de la calle Dr. Erazo.

Y ¿cómo le hicieron? No lo sé, no podría contarles cómo se organizaron o planearon el asunto. No se me puede ocurrir cómo esos hombres perpetuamente alcoholizados pudieron hacerlo. Qué cosa de muy dentro de ellos se conmovió de tal modo que les dio energías bastantes, pero el caso es que lo hicieron.

Un día llega el “Chicho” a la vecindad y lo intercepta su cuate “El jiotes”:

—Cierra los ojos.

Y que los cierra y pa’pronto, bulliciosos como niños, lo cargan y  trepan en algo y él no sabía qué era…

—Ora sí. Ábrelos.

Y que los abre y no podía creerlo: pinches briagos locos, cabrones (hermosos)… Chingones…

Lo habían puesto a bordo de un armatoste que entre todos le construyeron con una lancha de fibra de vidrio, dos ejes sujetos a la lancha y cuatro llantas remendadas de rin 14.

Y que se arrancan empujando el flamante navío, sin una idea clara del destino.

Apenas pudo creerlo el motorista del trolebús que estuvo a punto de despanzurrarlos al momento que se incorporaron al Eje central en medio de risas, silbidos y mentadas de madre.

Menos lo creía el 02885, patrullero adscrito al centro histórico de la Ciudad de México cuando los vio circular en contraflujo, ni lo creyeron sus compañeros que escucharon el mensaje por radio con que solicitó ayuda.

Bueno, no lo creía el propio “Chicho” ni a pesar de la gorra de capitán que le había encasquetado el “Jiotes” al grito de:

—¡A la mar salada, mi cabrón!

Iba en sus glorias el “Chicho” —digo— a bordo del poderoso navío impulsado por un motor fuera de borda de siete briagos de fuerza.

Igual de incrédulos se mostraron los que presenciaron la llegada del comando en pleno, cuando sofocados y sudorosos fueron presentados ante el Agente del Ministerio Público, quien haciéndose de la vista gorda por la procedencia de la lancha, los mandó con el juez cívico por considerar que se trataba de falta administrativa.

Con el mismo ánimo escéptico escuchó sus razones el Juez en turno, ordenándoles ir a chingar a su madre fuera de ahí, actitud que le sirvió para no dar a saber al personal del juzgado que su señor jefe era capaz de conmoverse ante una muestra patente de amistad.

Escamados, los teporochos con el capitán “Chicho” por delante se fueron a la vecindad a festejar la libertad.

Mientras se chupan su teporocha, los veo desde mi ventana y alcanzo a escuchar fragmentos de su charla. Asegura el “Jiotes” que son capaces de hacer un velero y ya discuten la forma de fijar el mástil, al tiempo que ven en forma sospechosa las sábanas de doña Licha, la del siete.

Yo me puse a contarles esto, a sabiendas de que no me lo van a creer. No le hace: no lo creyó tampoco el concesionario de las lanchas de Chapultepec cuando, requerido para recoger en la delegación una de sus embarcaciones, con pesar la encontró ruinosa y encallada afuera de la Delegación.

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