Las monjas del colegio y la ciencia ficción

© Abril Andrade Griffith

Madeline Millán

“… When you eliminate the impossible, whatever remains, however improbable, must be the truth”.
Mr. Spock

“…Cuando eliminas lo imposible, lo que queda, por improbable que sea, debe ser la verdad”.

Cuando era de la estatura de ciertos pingüinos, me cuentan que exhibía grandes problemas de desobediencia a un nivel patológico. Pensaban que andaba mal del coco. Había desarrollado a los cinco años un mecanismo para enfrentar a las monjas que venían de España, de Colombia o de Estados Unidos, con métodos disciplinarios verdaderamente asombrosos. Yo, las iba desapareciendo a todas, una a una. Las devolvía a su país de origen o huía de las cárceles del colegio. A esa temprana edad, mirándolas fijamente a los ojos, las iba eliminando. Esa debe ser la verdad improbable. Me explico: siempre he soñado en estados de vigilia y veo cine de ciencia ficción desde los 4 ó 5 años. Mis ritmos circadianos de entonces, ni los de ahora, respondían a las características humanas donde se cumple un ciclo perfecto de vigilia-sueño. Así, entre dormida y despierta mis primeros años en la escuela fueron miserables y no sabía cómo diferenciar las imágenes “reales” de las “irreales”.

Anoche eliminé lo imposible de esta historia cuando vi la película Star Trek (2009). Como en un momento de epifanía, supe qué pudo haberme sucedido en aquellos años de mi infancia. A falta de libros de ciencia física teórica a la mano, decidí revivir algunos de los 79 episodios en la tele a través de las tres temporadas. Me puse a ver cada uno como si me hubiese metido a una biblioteca a consultar libros que me dieran la respuesta de mis orígenes, repasar esos capítulos de los primeros años un poco olvidados. El protagonista principal James (o Jim) compartía su lugar con Mr. Spock. Los dos vivían encontrados por cuestiones de personalidad, juegos de poder, por  como afirma Stephen Hawking en su Breve historia del tiempo, una memoria del futuro. A medida que nos acercamos a la muerte volvemos a intuirla y a recuperarla. Yo chocaba con los adultos o los terrícolas porque, al mirarlos desde afuera y desde mi estatura, no podía concebir que esta fuera la única, irremediable y triste, realidad que me tocara vivir en el planeta tierra. 

Que me dieran órdenes aquellas monjas terrícolas lo percibía como una especie de ilusión óptica o irrealidad como bien lo describiera Platón con el mito de la caverna y luego Descartes. Cuando las monjas abrían la boca yo solo las veía moviéndose a manera de los hilos que maneja un espíritu burlón. Sus bocas como en películas del cine mudo no emitían sonidos. Yo las apagaba como si tuviera un control remoto en las manos. Yo era sorda a sus reclamos, a sus mensajes de fe y amenazas de condenación. Ser disciplinada hubiese significado obedecer leyes externas proyectadas sobre una pantalla. Las monjas se convertían a mis ojos en motas de luz vagando por un espacio o fondo negro que alguien filmaba para distraerme y vencer mi inteligencia, mi dignidad.

Por eso, el Aleph borgiano para mí ha sido lo más cercano a ese ojo y manera de ver de ciertos niños. Mi interpretación del aleph es que  se trata del recuerdo de un niño, la descripción de cómo ve desde un lugar secreto tal como hacen los niños para evadir a los humanos.  En aquel roto, personaje y autor terminaban siendo uno solo:un hombre ciego e infeliz, narrando lo que veía o vio con una especie de terror sagrado. Borges nunca dejó de jugar desde de los márgenes de su confinamiento intelectual. Su postulación del doble fue ese epifanía que no atentará la ciencia física, pero un poeta sí, pero un ciego sí, pero un hombre sin infancia como Borges, absolutamente.  Mientras Borges el niño entraba y salía de sus laberintos, yo entraba y salía de los hoyos negros, y a las monjas se las chupaba esa fuerza del aleph y del no volver jamás. Fue a partir de mi adolescencia cuando comencé a escuchar términos como “mundos paralelos”, “efecto espejo”, las “once cuerdas”, la “teoría del caos” etc., ahora repetidos por los medios y el común de la gente. No sé a cabalidad si todas mis imágenes pueden ser explicadas por fenómenos científicos, pero sí podrían servir para entender a ciertos niños indisciplinados y tristes. 

La película del viaje a las estrellas pasó ante mis ojos y me di cuenta que esa niña reconocía en Mr. Spock, arrogante y lejano, a un personaje posible. Para que él apelara a nuestra sensibilidad debía parecerse a nosotros. Así, Mr. Spock confesaría un día, con cierto dejo de amargura, su incapacidad para registrar completamente pasiones humanas. Sabía, paradójicamente, que no podría jamás corresponder al amor de una mujer como un simple mortal.  Ni llorar como debió haberlo hecho aquel día cuando presenció la desaparición de su planeta natal. En donde estuvo su plantea unos segundos antes, ahora aparecía el azul de un universo silencioso e impasible, profundo mar de las galaxias tranquilo e indiferente a su dolor, igualmente como si fuera su espejo.

Amparado en la estirpe cerebral planetaria de los vulcanos por la línea paterna Mr. Spock se destacaba indudablemente como un ser superior. Lloraba, pues, como vulcano. De una inteligencia humana inferior por el lado materno tuvo momento débiles y correspondía un poco el amor de una mujer sin perderse o entregarse completamente. Entre dos mundos, Mr. Spock se sentía subdesarrollado a veces, y superior otras. Sé. Soy resultado de una escisión interplanetaria y de una región colonial muy semejante a las que se observan por todo el planeta tierra y en confines de El Caribe español. Mr. Spock traducía mis mundos posibles en aquella isla donde nací yen aquel colegio de monjas de Santa Gema, Vistamar. Me traduciría después el drama del amor.

A voluntad de las fuerzas energéticas de traslación los cuerpos de las monjas se desintegrarían en moléculas hasta desaparecer para siempre. Pude haber sido, con semejante estructura mental, una asesina en serie, pero la poesía y la ciencia ficción me dieron otras armas. Los de la nave espacial o los tripulantes de la nave se trasladarían siguiendo su bitácora de viaje a las estrellas, cruzando a otros espacios galácticos. La niña pensaba que en cuestión de segundos las monjas o ella podrían pasar a París o a un África de cuentos, ir de la China a Bolivia, regresar a la casa en Vistamar cuando la mesa estuviera servida. Al igual que el joven de 17 años que propuso en StarTrek de 2009 crearle al enemigo una realidad virtual para entrampar a los enemigos, yo desaparecía o desaparecían ellas a mi discreción.

Era verdad que a las tres de la tarde, mientras los demás niños volvían a sus casas a comer y a jugar, yo me quedaba en la esquina, la de los burros y los desobedientes, hasta que confesara mis pecados y me arrepintiera. En mi casa no se enteraron jamás de mis desgracias en el colegio.Yo aprendí a ahorrarles esas penas a tan temprana edad. Aprendí a mentir por compasión a ellos. Yo nunca dije “Mea culpa” ni me arrepentí de lo que hice o dijera a los 7 u 8 años. Nunca confesé mis pecados el día de mi primera y última comunión. Y los castigos fueron infinitos. Mi imaginación actual no alcanza a llegar a esos universos lejanos en estados de vigilia. Tal vez los niños pierden poderes cuando dejan de serlo y pierden la inocencia. O se van perdiendo a medida que nos sometemos a la verdad de otros.

Recuerdo lapsos como este de mi infancia y me digo: Me han vencido los humanos. Necesito del cine de ciencia ficción para psicoanalizarme. Sigo pensando que mi coco andaba perfectamente bien.Fueron los castigos los que me dejaron el sentimiento de la culpa y sembraron la duda. En última instancia, lo que ha sobrevivido de esa niña en mí pudiera ser una gran realidad que no conozco ni conoceré, intervenida o negada por mi lógica vulcana. La verdad sería entonces una ciencia a secas. A eso le llamaré muerte. Los términos ciencia y ficción deberían, entonces, reconciliarse para liberarnos de la realidad.

La niña con aquellos poderes regresa gracias a un encierro que resuelvo mirando cine en la pantalla de mi computadora. La pregunta que me hago, muy bajito cuando lloro a la manera de Mr. Spock, es si me sirvieron de algo esos mundos posibles que conocí. De nada. En mis pesadillas me arrodillo con avemarías ante las monjas, me levanto de rodillas después de haber recitado mil padrenuestros. Desaparezco cada día. Soy Mr. Spock detrás de las cortinas, dando media vuelta en una de las 365 esquinas para mirar a su amada del planeta tierra o sus dos padres que se amaron. Revivo el dolor de entonces cuando yo perdí a los míos antes de nacer. Las galaxias que vi eran fosforescentes. El planeta que se borró se convirtió es una bola de fuego azul, rojo, luego negro, después nada. Muy bonitas las imágenes de la destrucción que no sé si las llevo todavía por dentro. Aquellas monjas no están, pero aparecieron otros terrícolas. Siguen llegando.

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