«Demasiada luz en esta noche» de José Manuel Vacah

Roberto Feregrino

“Hay un mundo de la poesía, un submundo de la poesía y una cloaca de la poesía”, fue una de las sentencias que soltó, así, sin más, José Manuel Vacah (1990) cuando lo entrevisté a propósito de Demasiada luz en esta noche (2018), que recibió buenas críticas en el medio independiente. Independiente, quisiera volver a este punto más adelante. Decía que la sentencia se me ha quedado muy presente desde aquella ocasión hasta hoy y fue por dos razones: la primera es que ni todos los que escriben poesía lo hacen buscando fama, ni todos los que son famosos escriben poesía que valga la pena. Vacah va más allá, habla de una cloaca de la poesía, un mundo mucho más infame, profundo y enigmático que nos otorga maravillas o atrocidades, pero no podemos desdeñarlo. No sé a qué mundo pertenezca Demasiada luz en esta noche, pero de lo que sí estoy seguro es que el espíritu de José Manuel en algún momento abrevó de una cloaca. Después salió a la superficie, para escribir y mostró un mundo que para él es y que nos transmite desde el primer poemario hasta este último, pasando por los relatos en prosa y el periodismo, ejercicio que lleva a cabo desde hace años y lo maneja a la perfección.

José Manuel Vacah no es de México, sino del Estado de México, de Ecatepec para ser precisos, y se siente muy orgulloso de ello, puesto que ha sido ese lugar el que ha propiciado cada imagen (a lo Miró o a lo Van Gogh), cada verso, cada mirada en la oscuridad, en la decadencia —en toda la extensión de la palabra— o en la violencia de un sitio que lo resguarda. No se trata de hacer una apología de Ecatepec, pero sí hablar de aquello que constituye al poeta; y aunque Ecatepec es un lugar del que se siente orgulloso, le guarda un especial cariño a Guadalajara, un sitio que lo trajo de nuevo a la vida con otros bríos para continuar en el tobogán de la poesía. 

La plática aquella que tuvimos me abrió los ojos al universo de sus versos y palabras, leí Demasiada luz en esta noche y mi primera impresión fue que había hambre en los poemas como en el poeta: tiene imágenes violentas, una retórica áspera cual lija de carpintería, pero es una sensación que nos seduce, como la mordida en un beso, como el de Rayuela: “y si nos mordemos el dolor es dulce”, escribe Julio Cortázar en el capítulo 7. Probablemente esto sirva para entrar en materia, sólo que antes quisiera retomar aquello que dejé flotando: las editoriales independientes.

Todo trabajo editorial independiente es un tema, los escritores y poetas han buscado una manera de autodifundirse, porque la mafia de las grandes editoriales han copado el mercado. Pero aun así existen personas como Mercedes Alvarado, Alejandra Olson, Teresa Otero, Selene Chávez o nuestros Genaro Ruiz Chávez, Antonio Calera-Grobet, Manuel Illanes, Ricardo Suasnavar o José Manuel Vacah que todos los días se levantan y hacen lo que se debe hacer en el arte: crean amigos y generan resistencia: se inventan lecturas de poesía, regalan libros, se gestan ferias de libro independientes, se busca promocionar y difundir a los autores de ese submundo de la literatura para que compartan versos y letras, vida, tiempo y todo.

¿Qué editoriales independientes hay? Muchas, pero sólo y nombro algunas como Mantarraya Ediciones, Verso Destierro, Mantra Ediciones y Ojo de Golondrina, que no son las únicas ni las más importantes sino que soy limitado. Ojo de Golondrina es una editorial que regenta el buen Daniel Leyte y pretende usar el papel reciclado para la edición de sus ejemplares como en el que se publicó Demasiada luz en esta noche. No está en pdf porque ambiciona seguir con la tradición de que los libros impresos permanezcan y nos seduzcan, nos cachondeen como sucede cuando entramos a una librería de viejo; que las letras estén en papel para que marquemos, hagamos anotaciones, subrayemos, saquemos copias y gocemos de la impresión que ha ido muriendo con el avance tecnológico.

Ahora sí, ¿qué es Demasiada luz en esta noche? Aventuraría a decir que este poemario es aridez, violencia, soledad, vacío, música y animalidad. 8 poemas de largo aliento que nos invitan a detenernos a admirar los contrastes que proceden de la cotidianidad de la noche como apología de la soledad del yo en la ciudad, el yo en la relación amorosa o el yo consigo mismo. Si hubiera que definirlo en unas cuantas palabras, diría que es una oda a la soledad del yo lírico que se busca imperiosamente en los demás. Sólo aludiré a algunos poemas, no los más importantes, pero sí los más significativos durante mi lectura.

 “Constancia del naufragio” es un encuentro con la muerte: hay pájaros en invierno que nos remiten a la crudeza, sangre derramada por la memoria —como si fuera posible desangrarse al recordar algo inaudito de cualquier pasado torrencial para bien o para mal—, que usa Vacah para evidenciar la voracidad tenaz de la memoria que consume al yo lírico al recordar aquel tormento. La memoria nos consume, pienso en “La memoria en las manos”, aquel bello poema de Pedro Salinas y canta: “El alma no se acuerda, está dolida/ de tanto recordar. Pero en las manos/ queda el recuerdo de lo que han tenido”. Existen vasos comunicantes, porque para nuestro poeta somos el resultado de los pedazos de tiempo —pasados— en este presente que leemos, que vivimos, luchamos o palidecemos y nos lastima algún recuerdo. El yo lírico es “un hombre de apenas veintisiete años” que se considera viejo para crear una bella obra, pero siente que está en la edad precisa para desaparecer. ¿De dónde? ¿Del poema, de la vida, de nuestras manos? Es un poema que parece ser varios poemas: construcción y autodestrucción. Es un mundo frío el del yo poético; sin embargo, al aparecer el sol, es sólo para cobrar consciencia de que tiene un cuerpo entero, aunque roto.

En un segundo movimiento musical, “El intérprete”, el cual considero que es uno de los más ricos poemas porque nos muestra el teatro, la cartera, la máscara que se debe usar delante de los demás para fingir que somos, porque se nos ha impuesto como una tradición. Apariencias sólo. El yo lírico es un “animal incierto”, que aprende a razonar, a enmascararse para andar por ahí, huye de las palabras, mas no del sonido. ¿Cómo dejar el lenguaje? Imposible. ¡Odio leer!, dice un joven renuente en el colegio, pero resulta imposible que se deje de comunicar: usa palabras aunque no escriba ni lea. El lenguaje nos une. Comunica. Somos lenguaje. La escritura de Vacah frente a la palabra no dista mucho de ser y significar lo mismo, pero no para el intérprete que pulsa cuerdas como un dios al estilo de Borges quien considera “que en el lenguaje de un Dios toda palabra enunciaría esa infinita concatenación de los hechos, y no de un modo implícito, sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato”. ¿Qué nos mueve todos los días, qué misterio se esconde entre lo que creemos que somos y verdaderamente somos? Para el yo poético en el poema es el sonido que recrea un movimiento, no obstante, la música que emana de ese ser terrenal, le lastima en vez de que sea gozoso porque es bello. ¿Qué música nos trastorna y nos lacera? La de la falsedad. Lo que nos dice es que es un intérprete que no está aquí para satisfacer sus deseos e impulsos, está aquí para hacer lo que los demás quieren que haga: la sociedad, la familia, el mundo entero. Los actos del yo lírico son resultado de los demás y no de él mismo. En aparentar dejamos de ser. Dime qué quieres y te diré quién has dejado de ser. Quién te has olvidado de ser. “El intérprete” dice:

Quizá la luz es un espejo.

¿Quieres ser un ángel? —le pregunto al otro—,

¿Conoces la belleza?

Me miro a los ojos y no hay nadie

Cuando se mira en la profundidad de sí y ha olvidado ya qué es y a dónde va. San Juan de la Cruz canta así en “Las coplas del alma que pena por ver a dios”: “En mí yo no vivo ya,/ y sin dios vivir no puedo;/ pues sin él y sin mí quedo/  este vivir que será/ mil muertes se me hará/ pues mi misma vida espero/ muriendo porque no muero”. Vacah no admite buscar a Dios, pero sí vive buscando la muerte cuando “la luz es música” dolorosa, ¿anhelar la muerte no es ira un sitio donde está Dios? 

“Cicatriz” es un poema versificado desde un cerro que nos transporta al mundo lorquiano, concretamente a “La casada infiel”, sólo que en el yo lírico de Demasiada luz en esta noche no se la lleva al río porque creía que era mozuela cuando tenía marido, se lleva a la chica de la fiesta para comprar cigarros e internarse en la oscuridad, pues es el pretexto ideal para estar a solas. Nuevamente aparece el frío como leitmotiv y el cerro aquel se animaliza, no como en “El intérprete” desde la persona, sino como el lugar, el topos, que contiene (o resguarda) a los habitantes que “interpretan” lo que necesiten interpretar. Esta pareja hará una caminata nocturna sobre la calle rota, deseando que esa atmósfera no termine nunca, que el carpe diem se suspenda en el tiempo para que no llegue “la perra luz”, que la jodida limosidad no haga de las suyas y los desvanezca. La noche los crea, la luz los evapora. Amantes a hurtadillas. Otro leitmotiv es la música que parece nuevamente en este poema, pero ahora, a diferencia de los demás, la música es atravesada por la muerte. El sonido está maltrecho y hay un vaticinio por parte de la mujer:

Tu mano señaló una casa entre todas 

Atravesó el futuro

“Esa es la nuestra

Allí llorarán nuestros hijos”

Hay un viaje temporal muy fuerte. Primero la fiesta, después la noche y más tarde la mañana. Qué miserables somos los seres humanos(¿o no, Vacah?)Me atrevería a decir que por momentos es un mundo rulfiano porque un mismo tiempo es todos los tiempos.

Finalmente aludiré a “La canción de J. M. V”, porque habla de la música y la ciudad, la cual engulle al yo poético quien a medida que avanza advierte que el afuera se está enfermando: el cielo escupe sangre, está tuberculoso, lo cual provoca que el caminante olvide cómo es el atardecer. La muerte se manifiesta de manera cruda, no hay recelo en el yo lírico. El pájaro muerto que aparece en el poema da cuenta de ello, el cual aparece como algo natural, como parte del paisaje urbano que nos es familiar. Yo no sé —quizá no lo sabré nunca— si José Manuel se cuelga de las notas musicales para inventar sus versos o si se inventa sus versos para colgarlos de algunas notas musicales. Lo cierto es que es observador y al versificar une sonido y palabra en cada una de sus búsquedas.

Nunca estaré cerca de acercarme a la esencia de sus poemas, es muy complicado, pero estoy seguro de que en su generosidad sabrá apreciar y perdonar el torpe balbuceo que emana de mi pluma. 

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