Conversación con el padre

© Johnson Tsang

Manel Costa

No tenía más alternativas, la única salida factible era comunicárselo a su padre; hasta ahora había sido muy duro, había sido muy penoso para ambos, pero la realidad se imponía poco a poco, sin embargo de forma inexorable. Por lo tanto, era lógico que su padre conociera la verdad, eran demasiados años de sufrimiento interno, ahogado por el miedo, de llorar hacia dentro, de inexplicable inocencia paternal, de candidez, de crasa ignorancia, de una ceguera sorprendente. Por otra parte, más pronto o más tarde, las noticias llegarían a su destino; y tal vez sería mejor que él se las comunicara tal como eran, y no que vinieran envueltas por mentiras extrañas y falsedades.

Aunque su padre, también es verdad, nunca se había preocupado, ni lo más mínimo, por averiguar, preguntar o interesarse por las continuas rarezas suyas. En esto, evidentemente, también tenía parte de culpa su eficacia en el fingimiento continuo para ocultar una realidad patente, pero hábilmente camuflada. De todas formas por debajo del trato diario y superficial, propio entre padre e hijo, debería existir un contacto más íntimo y de confianza, el cual no existía en absoluto.

Su progenitor nunca sospechó nada, y esta cuestión le preocupó excesivamente durante un largo tiempo, ya que era algo de tan absoluta evidencia, que llegó a pensar que su padre, enterado de todo, se hacía el loco para no asumir la cruda realidad. Hoy, sin embargo, ya no le preocupaba lo más mínimo, es más, lo realizaba con tanto cinismo que hasta él mismo pensaba que lo que quería era que le descubriera, que de una vez por todas se acabara aquella comedia (drama, diría él). Pero con la supuesta candidez de su padre no podía ni nadie ni nada.

Últimamente estaba completamente decidido. Lo había meditado durante mucho tiempo y ya nada ni nadie podría hacerle cambiar; aunque —pensó— rectificar es de sabios… y de sabios equivocarse.

Sólo dos cosas pedía, una vez se atreviera a dar el gran paso: comprensión y perdón.

Su padre era rencoroso en exceso. Repetidas veces lo había demostrado, y ahora temía que su reacción estuviera en concordancia con su personalidad tan peculiar y arraigada.

Evidentemente se encontraba en un callejón sin salida. Por una parte su conciencia (que aunque era suya, en este caso concreto, daba la sensación que era la de su padre); y por la otra, la de su progenitor que parecía que acechaba todos sus movimientos.

Tal vez si le hablara con todo el respeto del mundo, con impresionante veneración, y con voz suplicante (susurrando, entrecortada y temerosa), humillándose si fuera necesario, conseguiría el perdón, sin embargo… era algo improbable en un caso tan singular.

¡¿Qué es la vida, sino un constante peligro?! —pensaba—. Debía lanzarse y dejar de sufrir continuas pesadillas. Ese sudor frío que surgía tan pronto la idea del engaño asomaba a su mente, era insoportable. Cualquier castigo era mejor que el suplicio del remordimiento. Se encontraba prisionero de unos hechos concretos, en una prisión construida por él mismo. Tan sólo desde el exterior podían ser derribados los muros gruesos que le oprimían.

Verdaderamente tampoco había sido un delito tan grave (o tal vez la evaluación del pecado, cuando es medido por el pecador, es mucho más grave que cuando es valorado por un ajeno o, incluso, por el propio perjudicado por las consecuencias del engaño). Todo esto lo pensaba cuando se encontraba arrinconado por sus inexorables arrepentimientos.

Puede que le comprendiera y obtuviera su perdón, porque más de una vez —y esto le daba ánimos— había presenciado cómo su padre perdonaba sorprendentemente faltas mucho peores que la que a él le atormentaba; empero, quizá también, era porque el ánimo de su progenitor se encontraba, en ese preciso instante, y por cualquier otra circunstancia ajena al asunto, alegre y predispuesto al perdón.

Varias veces había analizado el hecho en sí mismo de una manera racional, y sopesando y calibrando todos los pros y los contras, incluso sus efectos futuros, su imagen ante los demás, y sus posibles consecuencias para su futura carrera, tanto profesional como social. Y sin embargo no era eso lo que importaba, pero sabía que vivir (entre ellos) comportaba aceptar sus reglas y perderse entre la masa. A pesar de todas estas reflexiones nunca había obtenido una opinión negativa de todo este proceso que estaba viviendo. Es verdad que el único juez que podía dar un veredicto justo sobre el hecho que arrastraba, era él mismo. Por lo tanto no podía ser todo lo objetivo que pedía el caso; ya que de ese juicio interno e íntimo tenía que salir la energía suficiente para darle el impulso suficiente, para lanzarse ciegamente y con seguridad, a confesarle todo a su padre.

De todas estas indecisiones lo único que sacaba en claro era que cuanto más pensara y analizara el hecho, más se encontraría en una situación peor y más reticente al arrepentimiento.

Alfred dejó en blanco su mente y ordenó con decisión a sus piernas que lo llevaran ante su padre. Una vez frente a él, con el cuerpo ligeramente encorvado, con las manos unidas delante de su sexo, la cabeza sumisa por el peso de sus temores… entre pequeños balbuceos, acertó a decir:

– Padre… yo…

– No continúes hijo, no continúes… Desde un principio lo he sabido todo  —murmuró distraído don Federico, mientras leía el periódico.

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(Versión en valenciano)

CONVERSA AMB EL PARE

No tenia més alternatives, l’única eixida factible era comunicar-li-ho a son pare; fins ara havia sigut molt dur, havia sigut molt penós per ambdós, però la realitat s’imposava de mica en mica, però inexorablement. Per tant, era lògic que son pare coneguera la veritat, eren massa anys de sofriment intern, ofegat per la por, de plorar cap a dins, d’inexplicable innocència paternal, de candidesa, de crassa ignorància, d’una ceguesa sorprenent. Per altra banda, més tard  o més aviat, les notícies arribarien al seu destí, i tal vegada fóra millor que ell li les comunicara tal com eren, i no que vingueren embolicades per mentides estranyes i falsedats.

Tot i que son pare, també és veritat, mai s’havia preocupat, el més mínim, per esbrinar, preguntar, interessar-se per les contínues rareses seues. En això, evidentment, també tenia part de culpa la seua eficàcia i el fingiment continu per amagar una realitat palesa, però ennuvolada hàbilment. De totes maneres per sota el tracte diari i superficial propi entre pare i fill, hauria d’existir un contacte més íntim i de confiança, el qual no existia de cap manera.

El seu progenitor mai va sospitar res, i aquesta qüestió el preocupà excessivament durant un llarg temps, ja que era quelcom de tan absoluta evidència, que arribà a pensar que son pare, assabentat de tot, feia l’orni per no assumir la crua realitat. Hui, tanmateix, ja no el preocupava gens ni mica, és més, ho realitzava amb tant de cinisme que fins ell mateix pensava que el que volia era que el descobrira, que d’una vegada per totes desitjava acabar aquella comèdia (drama, diria ell). Però amb la suposada candidesa de son pare no podia ni ningú ni res.

Últimament estava completament decidit. Ho havia meditat un temps llarg i ja res ni ningú podria fer-lo canviar; encara que –pensà– rectificar és de savis… i de savis equivocar-se.

Tan sols dues coses demanava una volta s’atrevira a donar el gran pas: comprensió i perdó.

Son pare era rancorós en excés. Repetides vegades ho havia demostrat, i ara temia que la seua reacció estiguera en concordança amb la seua personalitat tan peculiar i arrelada.

Evidentment es trobava en un atzucac. Per una part la seua consciència (que encara que era seua, en aquest cas concret, feia la sensació que era la de son pare); i per l’altra , la del seu progenitor que semblava que aguaitava tots els seus moviments.

Tal vegada si li parlara amb tot el respecte del món, amb impressionant veneració, i amb veu suplicant (xiuxiuejant, entretallada i temorosa), humiliant-se si fóra necessari, aconseguiria el perdó, emperò… era una cosa improbable en un cas tan singular.

Què és la vida, si no un constant perill?! –pensava–. Havia de llançar-se i deixar de patir continus malsons. Eixa suor freda que sorgia tan prompte la idea de l’engany treia el cap a la seua ment, era insuportable. Qualsevol càstig era millor que el suplici del remordiment. Es trobava presoner d’un fets concrets, en una presó construïda per ell mateix. Tan sols des de l’exterior podien ser enderrocats els murs grossos que l’oprimien.

Vertaderament tampoc havia sigut un delicte tan greu (o potser que l’avaluació del pecat quan era mesurat pel pecador era més greu que quan era calibrat per un alié o el mateix perjudicat per les conseqüències de l’engany), volia pensar ell quan es trobava arraconat pels seus penediments.

Pot ser que el comprenguera i obtinguera el seu perdó, perquè més d’una vegada –i això li donava ànims– havia presenciat com son pare perdonava sorprenentment faltes molt pitjors que la que a ell el turmentava; emperò, potser també, era perquè l’ànim del seu progenitor es trobava, en eixe precís instant, i per qualsevol altra circumstància aliena a l’assumpte, alegre i predisposat al perdó.

Diverses vegades havia analitzat el fet en si mateix d’una manera racional, i sospesant i calibrant tots els pros i els contres, àdhuc els seus efectes futurs, la seua imatge davant dels altres, i les seues possibles conseqüències per a la seua futura carrera, tant professional com social. I tanmateix no era això el que importava, però sabia que viure “entre ells” comportava acceptar les seues regles i perdre’s entre la massa. Malgrat totes aquestes reflexions mai havia obtingut una opinió negativa de tot aquest procés que estava vivint. És veritat que l’únic jutge que podia donar un veredicte sobre el fet que arrossegava era ell mateix. Per tant no podia ésser tot l’objectiu que demanava el cas, en la mesura que d’aquest juí havia d’eixir l’energia suficient per a donar-li l’impuls capaç per a llançar-se cegament i amb seguretat, a confessar-li-ho tot, a son pare.

De totes aquestes indecisions l’única cosa que treia en clar era que com més pensara i analitzara el fet, més es trobaria en una situació pitjor i més reticent al penediment.

Alfred deixà en blanc la seua ment i va ordenar amb decisió a les seues cames que el portaren davant de son pare. Una vegada enfront d’ell, amb el cos lleugerament encorbat, amb les mans unides davant del seu sexe, el cap submís pel pes dels seus temors… entre petits balbucejos, encertà a dir:

  • Pare… jo…
  • No continues fill, no continues… Des d’un principi ho he sabut tot —mormolà distret en Frederic, mentre llegia el diari.

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