La subasta y un aullido

Jazmín Percino

Contengo un instante el aliento, un suspiro escapa de la profundidad del alma. Frente a los cristales se me cierra el entendimiento; pero ya no sé como contártelo esta vez:

A los catorce, corría por la orilla del río, allá, en un pueblito muy hermoso de Oaxaca. Mis ojos se llenaban de aquellas brillantes nubes que navegaban en el espejo de aquella corriente sobre las aguas palpitantes que tropezaban en las rocas y se convertían en espuma. El viento tibio se colaba entre mi cabello y los jilgueros y cocuyos que me cantaban al oído. La libertad corría por todos los poros de mis huesos.

Escuché la voz de mi padre gritando mi nombre como un aullido que hizo a mi cuerpo zarandearse como un garabato. Corrí hacia la casa.

Parado a un lado del jacal, se encontraba mi padre, junto a él un hombre alto de barba rojiza con piel tan clara como las nubes que había visto minu

tos antes. A un costado, sentada sobre una piedra estaba mi madre con sus ojos abiertamente callados guardando silencio. Mi padre al verme llegar me dijo:

—Mire mija, este es el dotor Rivas, va a ser su esposo de usted, así que vaya a arreglar sus cosas porque pal martes empezamos con el jolgorio.

Eso me dijo mientras guardaba un bulto de dinero en su itacate. No pude decir nada, miré al doctor, él tenía unos ojos claros y buenos —así yo los vi— y una sonrisa en los labios. Volví la mirada hacia mi madre, sus negros ojos eran dos capulines marchitos que presagiaban algo fatal.

Mientras se preparaba todo para el casorio, mi madre nerviosa me dijo que agarrara un rebozo y me tapara, me tomó de la mano y me llevó por un sendero oscuro donde las hierbas nos cubrían. Íbamos a ver a doña Ramona, a quien todo el pueblo temía y conocía como La bruja.

Llegamos a aquel jacal desvencijado y gris. Despedía un agrio olor y serpientes e iguanas andaban libres por todo el lugar.

Me tendieron en un petate, la Ramona encendió un brasero y comenzó a gritar, sus ojos se convirtieron en un blanco sin fin. Palabras que yo no entendía salían de su chimuela y salivosa boca arrugada, mientras pasaba unas hierbas sobre mi cuerpo.

No sé qué pasó, de verdad no lo recuerdo; pero después de un tiempo —que no sé cuánto fue— me levantó, llamó a mi madre y le dijo que todo estaba arreglado.

El día de la boda todo el pueblo se juntó en nuestro solar, esperaba con ansia la llegada del doctor Rivas. Mi padre daba pulque y mezcal a los invitados. Pasaron horas y quien iba a ser mi esposo no llegaba. Escuchamos el ruido de un motor, era una motocicleta, de ella bajo un hombre con lentes, se acercó a mis padres y platicó con ellos. Después subió de nuevo al armatoste y se perdió en la oscuridad.

La boda no se llevó acabo, mi futuro marido había muerto al chocar su carro contra un autobús al intentar llegar a tiempo para el casorio. Cuando mi padre me dijo aquello, escuché un aullido tan profundo como el mismo silencio; claramente vi correr a un perro, juntarse con las sombras y sus ojos clavarse en los míos.

Pasaron los años, ahora sí ya estaba en edad de matrimoniarme; pero nadie se acercaba a mí. Me miraba en el reflejo del agua del río, veía que no era fea, creo que hasta bonita era. ¿Por qué nadie se fijaba en mí?, me preguntaba.

Un día mi madre me dijo que no me preocupara, que ya era tiempo, que ella iba a arreglarlo. Que sólo esperara unos días en lo que pasaba la cosecha.

Una tarde fueron unas señoras a decirle que doña Ramona había muerto; mi madre se asustó, sus ojos parecieron salirse de sus cuencas, quedó muda.

Ese mismo día en la noche, mi madre me dijo:

—Véngase mija, ora yo le voy a tener que arreglar esto, que los santos nos amparen y que sea lo que diosito quiera.

Me enjuagó el cuerpo con agua preparada con hierbas, flores y otras cosas más que hasta la fecha no sé que fueron. Untó miel en mis senos y en mi vientre mientras susurraba una oración. Al final puso un chupamirto fresco en un paliacate rojo y fuertemente lo amarró, después rezó y se dirigió a mí:

—Ya mijita, espero que esto funcione y ¡perdóneme! De verdá, ¡perdóneme!

Meses después llegó al pueblo José Martínez, el ingeniero. Era un joven chulo y muy buena persona, que trabajaba en la construcción de la nueva carretera que iba hacia Veracruz. Comenzó a seguirme y aunque me gustaba no sentía lo bonito que me contaban los que algún día estuvieron enamorados. Como años antes había muerto mi padre, ahora sí podía escoger con quien casarme. Me pidió a mi madre, no hubo problema para aceptar.

Dos días antes de casarme, llegaron unos señores en una camioneta y me informaron que Pepe había muerto al caérsele una avalancha de piedras encima, mientras dinamitaban un cerro para abrir la carretera.

Igual que la vez anterior me dieron un dinero, porque cuando murió el doctor Rivas también me dieron dinero y mucho, aunque parte se acabó cuando murió mi padre en una pelea dentro de una piquera en un pueblo cercano.

Recuerdo que no dije nada y me recosté en la hamaca que se meneaba en el patio de atrás de la casa. Yo cavilaba y cavilaba, así estuve todo el día hasta que el paisaje se convirtió en contornos.

Moví la cabeza hacia un lado y miré otra vez: ahí estaba, viéndome fijamente, sentado, con las patas delanteras rascando el barro; los brillantes ojos de aquella bestia chispeaban al mirarme. Después de un rato, se levantó y huyó por la espesura de la noche.

Al paso del tiempo he tenido oportunidad de casarme tres veces más; pero todos han muerto antes de lograrlo. El último –ya aquí en México–, Joaquín, músico, una semana antes de la boda al saber que su obra ya la había presentado como suya un amigo de oficio y compañero de parrandas, se ahorcó.

A veces pienso que mi madre hizo un pacto con el demonio, pues no encuentro otra respuesta.

Me tuve que ir del pueblo, con el dinero que me dejaron cada uno de mis pretendientes me compré un departamentito aquí en la ciudad de México y de vez en cuando escucho el aullido del perro como si penetrara en cada una de mis arterias, mordiendo y zarandeando mis entrañas.

Ya casi no veo a mi madre porque últimamente cada vez que me ve llora, antes no lo hacía; ahora es inevitable.

En las noches, en la oscuridad, en el silencio, frente a la ventana, miro la ciudad y viene a mi mente aquel río, sus trémulas aguas, la música de los jilgueros y cocuyos; pero siempre todo aquello se fragmenta en trozos de soledad y tristeza al arremeter con fuerza la realidad, como un perro rabioso que se traga todo lo bello y me muestra sus sangrantes colmillos, recordándome que un día mi padre y mi madre pusieron en subasta mi alma.

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