Los dias de llover

Eric Marvaz

Se deletreaba: hache, e, uve, a. Tenía veintidós inviernos. Cabello lacio y rojo que le lle- gaba a los hombros. La piel tersa y blanca, uniforme y cálida, los labios gruesos y vibrantes (quizá era un pequeño tic nervioso: de verdad vibraban, parecía siempre a punto de empezar un aria o soneto), la cintura frágil y los sueños prolongados.

Nos reuníamos en su cuarto los jueves a las seis de la tarde. Los jueves no trabajaba. En esos días, mientras ella bebía ron barato con refresco de cola, yo tomaba jugo, envasado en cartón, de una marca que ya no existe en el mercado.

La escuchaba pasmado.

Siempre toqué aunque Heva me decía que no era necesario: Tú eres el único hombre que tiene todas mis ventanas abiertas, pasa nomás. Contaba de su papá, de mamá, del hermano manipulador. Sus historias eran tristísimas. Procuraba, en tanto la escuchaba, hacer mariposas o palomas con hojas de su agenda, luego se las entregaba, a veces reía al mirarlas, otras las agarraba sin prestarles atención y una lágrima pendía en sus largas pestañas. Largas y cubiertas de una espesa capa de rímel morado. Los inicios siempre eran alegres, contaba de su buena niñez y los juegos infantiles, nunca exentos de las crueldades de su hermano. Ella me enseñó a odiarlo secretamente. Luego rememoraba de su papá, de la adoración, de la admiración por él, y apenas algunas pequeñas recriminaciones por no haberlas dejado protegidas. Entonces señalaba una muñeca: Es lo único que conservo de él, tenía una camisa rayada con su perfume, pero alguien me la robó de acá ¡Méndigos! Tú nunca seas ladrón porque nunca sabrás cuándo robas una ilusión. Y apretaba mi nariz con dos dedos.

Nuestro encuentro no fue casual, vivíamos en la misma vecindad. Casi ninguna mujer le hablaba, los hombres sí, siempre y cuando no fueran con su esposa, en esos casos miraban al suelo hasta que ella pasaba de largo. Heva también lo comprendía.

Un veinticinco de septiembre se le rompió la bolsa de plástico y sus compras rodaron por el patio. Hubo un silencio de panteón. Ocho hombres y dos mujeres impávidos ante ese cuadro surrealista: Heva con pantalón ajustado de licra, blusa holgada negra sujeta por un cinturón de charol amarillo y zapatos haciendo juego, empinada tratando de cultivar del cemento jitomates, cebollas, limones y perejil. Yo lo hice sin pensar. Ayudé con la colecta. Como la bolsa estaba rota, y ella ocupada, tuve que entrar a poner mi cosecha sobre la mesa, ante las miradas de envidia. Me ofreció un refresco después de darme las gracias y, sin aceptar, salí corriendo.

Los días siguientes me buscaba en mi ventana para lanzarme una mirada y besos dibujados en el viento, debo decir que todos dieron en el blanco.

Semanas después del incidente ya sabía yo que debía ir a su cuarto los jueves, a las seis, entrar con cuidado por la ventana que daba al pasillo de los lavaderos sin que nadie me viera, y salir igual que entré apenas ella quedara inconsciente, o dormida, daba igual.

Octubre tuvo cuatro días y todos jueves.

La vergüenza de las primeras citas provocaba en mí un efecto anestésico, bebía de mi refresco mientras ella decía cosas de mi boca, de mis ojos, del torso ancho, del futuro en que yo debería volverme un magnífico semental. Yo, sin entender mucho, dejaba que aquella pitonisa hablara del porvenir. A mediados de noviembre, con la botella de ron a la mitad, llorando suavecito, recargada en la pared, dándome la espalda, se confesó. Soy puta cabrón, a eso me dedico, cojo por dinero. Pero cobro caro. Ando ahorrando para salirme de acá, ayudarle a mamá. Tan vieja, tan perra y tan jodida. Soy puta… pero a ti, niño bonito, te lo voy a hacer gratis, va a ser con cuidado. No me vas a olvidar nunca. Esta puta va a quererte mucho. Algo más dijo, pero no escuché. De un salto salí de ahí. Excitado, pero triste porque mi familia jamás la iba a aceptar.

No fui una semana, ni la otra tampoco.

Una tarde, tras el cristal de su puerta había un letrero carmín: Los jueves no son eternos. Comprendí. Sumamente avergonzado regresé a la hora de siempre al deporte favorito de Salto por la ventana. Ahí estaba. Esgrimió disculpas con lágrimas trémulas difícilmente contenidas, el culpable de la situación era yo, la abracé y… por primera vez nos dedicamos a llorar, hasta las diez de la noche. Heva sollozaba por ella misma y yo también. Acordamos que siempre la pasaríamos bien, pero el último jueves de mes íbamos a llorar hasta hartarnos.

Yo bebía refresco, pero después que supo lo que me gustaba, puro jugo, vasos de jugo. Ella agotaba las reservas nacionales de ron blanco.

Los jueves buenos, entre trago y trago, se quitaba la blusa y desabrochaba el botón de su pantalón; recostada en un sillón o en la cama, dibujaba con mi dedo esa forma caprichosa que hacen la parte baja de los senos y la línea superior del resorte del calzón, digamos un corsé de piel. Dócil, violenta, fragante piel. Ella, borrachísima; yo, haciendo malabares para no caer de la delgada cuerda floja de la tentación. La bañé y ella a mí, muchas tardes. Esa es otra historia; la verdadera, la que vale, la buena, es la de Los días de llorar.

¡Qué triste estoy! Yo también. No, no me entiendes, tú estudias, estás bien chamaco, pero yo… Pero es que eres muy bonita y buena ¡Puta cabrón, puta! Es lo que soy y no se puede hacer nada más. Heva, pero sí eres bien bonita ¿No entiendes? Cojo por dinero ¡Por dinero! Bueno… no tan buena, pero bien bonita sí ¡Te quiero mucho!, pero no puedo casarme contigo porque estás bien chiquito y porque yo abro las piernas y… ¡No lo digas!, no me gusta escuchar eso… no sé por qué pero lastima y cuando dices puta también siento bien feo y cuando recuerdo que todos te dicen así pues siento peor…

Decíamos esas cosas, en voz baja, casi murmuradas. Cuando el alcohol y el jugo se iban agotando, las palabras subían de volumen, poco a poco, hasta convertirse en gritos inentendibles. Hincados frente a frente, veíamos quien berreaba más fuerte; mis ojos enrojecidos, los de ella derritiéndose en pintura azul marino profundo. Había quien sugería que era bruja porque algunas noches se escuchaban alaridos, tan fuertes, que atravesaban los gruesos muros de la vieja vecindad. El único espíritu existente era el que resucitaba cada jueves, bajo su manto sagrado, bajo el cielo raso que amenazaba con aplastarnos, de tan viejo. No recuerdo uno de Los días de llorar que no terminara con un prolongado beso en la boca y una sonrisa. Imposible explicar, intentaré. La sonrisa, antes de saltar por la ventana y después del beso, era complicada pues estábamos agotados de gritar, de pegar en los cojines, en el sofá, en el colchón de la cama. Era una sonrisa de medio lado, cómica, absurda. Ella totalmente escurrida, con los ojos hinchados; de mí prefiero no hablar, seguramente lo haría mal ya que no es fácil mirarse a uno mismo.

Tengo una escena muy grabada en la memoria: yo pasando de largo en el comedor familiar, murmurando apenas uno de mis frecuentes dolores de cabeza y tapándome los ojos para que nadie viera qué hinchados estaban.

Los besos, los besos. Desesperados. Últimos.
Primeros. Sensuales. Desesperanzados.

Pastosos.
Apretados.
Salvajes.
Afligidos.
Obscenos.
¿Has besado a alguien después que ambos terminaron de llorar?, la saliva es dura, no exactamente saliva, es una mezcla rara de saliva y mocos, adhesiva, pero increíblemente feliz.

En las otras tres o cuatro citas del mes, pues a veces hay meses largos, todo era color y fiesta. Ella poseía demasiada ropa interior mas no recuerdo forma ni textura de ninguna, mi ocupación única era su cuerpo y rostro, simple, sin afeites.

En sueños me derretía como jabón sobre sus hombros, resbalaba, resbalaba, hacía curvas cerradas mientras bajaba, por delante, por atrás. Serpenteando entraba en lugares profanos, navegaba por el útero (antes pasaba por otros lados, ja), alcanzaba las trompas de Falopio, las tripas y siguiendo para arriba podía aferrarme a su corazón. Despertaba rogando que el calendario me concediera un jueves.

Presentí que el día no podía ser mejor, el sol brillaba intensamente, las vacaciones empezaban y durarían dos meses, ella existía. El patio sin gente. Ella esperando por mí. Avancé a grandes pasos.

La ventana estaba cerrada.

Un letrero en carmín impreso en el vidrio: Los jueves no son eternos.

Heva se equivocó, sigo guardando uno por mes para llorar por ella.

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