Ojo por ojo

José Francisco Hernández

Jovita se revuelve en la cama con las pocas fuerzas que aún le quedan. Casi toda la noche se la pasó en vela por la sinusitis que le aqueja desde hace algunos años. A lo lejos, ha escuchado el canto de unos gallos, ahora espera oír a los burros. En el campo todos saben que los burros rebuznan cuan- do va amaneciendo. Los perros también hacen su escandalera. Todo este alboroto es parte de los ama- neceres del cerro del Molcajete. A Jovita todos estos ruidos le anuncian con alegría el final de sus noches de insomnio.

Entre ayes y quejidos, estira el brazo buscando a Eleuterio, su esposo. Sabe que no lo va a encontrar, pero ya es como un rito, todas las mañanas hace lo mismo. Se endereza como puede, se embroca sus chanclas y se asoma a la ventana.

Eleuterio, en cuclillas, rasca la tierra con una varita de pirú. A su alrededor dos gallinas tiernas, una colorada y la otra abada, cloquean impacientes; de la tierra floja sacan gusanos y yerbajos frescos para tragar. Un famélico perro las olisquea; Eleuterio lo regaña como si entendiera: “hazte para allá, condenado Capi, nada más las friegas y te trago a ti”. El Capi dobla la cabeza y lo mira fijamente con ojos de tristeza.

El terreno donde viven es bastante extenso, el municipio de Zempoala se los vendió barato, casi se los regaló porque es puro tezontle. Eleuterio y Jovita por años lo han ido transformando hasta arrancarle un poco de maíz, haba y frijol. Ahora ya no da nada, pero no por la tierra, sino porque no llueve desde hace siete años. La mayoría de los pobladores del Molcajete emigraron a otros cerros, sólo quedan unos cuantos. Los dos nacieron en ese caserío, se hicieron novios y se juntaron, allí nadie se casa. No tuvieron hijos, pero no les importó, dicen que cada uno es hijo del otro. Son dos viejos solitarios, ya no esperan gran cosa de la vida, su existencia como pareja se reduce a la crianza de sus gallinas, tienen la esperanza de comérselas cuando estén grandes y gordas.

—Lute, vente a tomar café, no te vayas con la panza vacía, ya ves como te ha dolido últimamente.

Desde el inicio de la sequía, Eleuterio recorre el Molcajete en busca de algunos magueyes para rasparlos. El aguamiel extraído lo cambia por víveres

en el pueblo de Santa Isabel, de allá también se trae el agua para beber, cocinar y lavar unos cuantos trapos. Las pencas, ya secas, las ocupan para atizar el fogón.

Se sientan a la mesa, cada uno con un jarro de café y un bolillo. Su plática gira alrededor de su pobre presente, no del futuro. El cerro del Molcajete se ha quedado sin futuro.

A Jovita le preocupa sinceramente el destino de las aves.

—Ya no te lleves las gallinas, no les vaya a pasar algo, todavía hay algunos tlacuaches por donde tienes tus magueyes, no sea la de malas.

—No te preocupes, mujer, las cuido como si fueran mis hijas. Allá hay más gusanitos, cuando te las comas hasta me vas a dar las gracias. Además, el Capi nunca se separa de ellas, siempre anda atrás, atrás, como guardián, y quién quita y hasta me traigo un animal de los que se las quieran tragar.

Terminado su desayuno, se encasqueta el viejo sombrero de palma, se acomoda el jorongo y va hasta donde tiene su burro. Amarra una damajuana por un lado del animal, junto a su acocote, y del otro coloca el costal donde lleva las gallinas, les deja la cabeza de fuera y amarra el costal a la altura de los cogotes. Se enrolla las riendas en una mano y empieza a jalar. Más adelante, cuando se canse se

montará en el asno hasta llegar a su destino. El Capi lo sigue, moviendo la cola, a cada paso le resaltan las costillas, ya casi no ladra.

Siempre sigue el mismo camino. Cuando comenzó a raspar sus magueyes nunca le faltó con quien platicar, todo el tiempo encontraba a sus amigos y llegaba a su destino acompañado de alguien. Ahora sale de su jacal solo y regresará solo. Ni siquiera ladridos a su paso. Su silencio a veces lo envuelve en un sabroso sopor; aprendió a dormirse sobre el lomo del burro. A mediodía ya va rumbo a Santa Isabel con su carga. Volverá con las primeras sombras de la noche.

Jovita aprovecha cuando el sol cae a plomo sobre su casa para hacer sus labores, porque llegando la tarde comienza a tener dificultades para respirar. Al ocultarse el sol, se pone un pantalón de franela por debajo de las enaguas, se encarama el chal y se lo envuelve en media cara. Atiza el fogón, asienta una olla de barro con café y se para en el quicio de la puerta a esperar a Eleuterio; está segura de que traerá algo para cenar, a veces es un pedazo de queso, algunos elotes o, muy raramente, un trozo de carne. A ella eso la hace feliz, no importa si sólo les alcanza para un taco, parece niña buscando en la carga del burro.

A lo lejos lo ve venir, dormido sobre el jumento.

—Pobre, sabrá Dios cuántos años más tendrá fuerzas para seguir trabajando. Ojalá Dios nos recoja a los dos juntos ¿Uno solo para qué se queda? –su pensamiento es como una oración, por eso se santigua mientras va a su encuentro.

Cuando va llegando con su esposo, el corazón de Jovita comienza a latir de prisa. El burro se detiene por instinto, Eleuterio sigue con los ojos cerrados, pero no es eso lo que la inquieta. En el costal nada más se ve una cabeza ¡Falta una gallina!

—¡Lute, Lute, despiértate! ¿Qué pasó? ¡Dónde está la colorada! –gritaba con desesperación.

Eleuterio abre los ojos, se despereza con un quiebre de espaldas y haciendo un puchero, se le queda mirando.

—¡Tenías razón, viejita, no me las hubiera llevado! –dijo con la voz entrecortada.

—Pero, ¿qué pasó? –lo apura con angustia, a punto de derramársele las lágrimas.

—¡Tenías razón! ¡Tenías razón! –mientras gime, mete la mano al costal donde echa a las gallinas y saca los despojos de la colorada: unas pocas tiras de piel con unas cuantas plumas que arroja hasta donde están unos huisaches.

—Pero no se me escapó el desgraciado, de una pedrada me lo cargué, y si no nos comeremos a la colorada, nos vamos a tragar al maldito animal.

—Desata el costal, deja que la otra gallina salga, vuelve a meter la mano y saca un pequeño cuerpo, ya sin piel, pelado desde la cabeza hasta el rabo.

A Jovita se le disipa la tristeza, se le iluminan los ojos y suelta una risita como si hubiera hecho una travesura.

—Qué bueno, Lute, después de todo es mejor esta carne y está más grande, hasta nos va a alcanzar para el almuerzo. Vámonos para adentro, mientras lo destazas, pongo a cocer unos chiles guajillos para enchilarlo.

Entre los dos cocinan, así les gusta hacerlo a diario. Una vez hecha la cena, la mujer sirve dos platos abundantes, acompañados de frijoles de la olla. Comen con muchas ganas, de vez en cuando se chupan los dedos embarrados de chile. Cuando Jovita termina de roer un hueso, instintivamente lo arroja al suelo, pero nadie se acerca.

–¿Dónde está el Capi? No lo he visto en toda la noche. ¿Dónde se habrá metido este condenado animal?

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