Contrabúsqueda

© Ed Fairburn

Mauricio del Castillo

El agente levantó la vista hacia la pantalla; las imágenes cobraron la forma de un mapa en el que se escaneaba el relieve de las montañas. En ellas no había más que los restos humeantes de lo que antes había sido un bosque. La apariencia grisácea y estéril ya no le preocupaba desde hacía mucho tiempo, para él eran sólo restos de un ataque ocurrido a miles de kilómetros de ahí. Las rocas, esparcidas sobre las colinas, presentaban una apariencia fundida en su superficie. El sol, en todo lo alto, indicaba el paso del amenazante calor del mediodía, y no había sombra que ofreciera un poco de frescor.

Hacía dos semanas que habían perdido la pista del derivante. Comprendió que habían cometido algunos errores de logística en la búsqueda, y trataron de remediar tanto tiempo desperdiciado. Sin embargo, de alguna forma, el derivante siempre estaba un paso delante de ellos. Era una guerra entre

la tecnología y los extraños aspectos que adoptaba la naturaleza.

Aumentó la velocidad de la nave manteniéndose a baja altura. Al poco tiempo, a través del visor, se percató de la presencia de un pequeño jacal construido encima de un terreno plano e infértil. Alrededor se encontraban los surcos de una cosecha árida y pobremente trabajada, con una valla delimitándola. El terreno presentaba grietas por doquier, como si la tierra fuera a partirse en mil fragmentos.

No se percibía el menor movimiento, ni siquiera el más leve chasquido. De pronto, en la puerta del jacal apareció un campesino, rascándose una costilla, con los cabellos de atrás sin peinar. Observó con atención la imponente mole de la nave y enseguida se enjuagó la cara en la pileta.

La nave comenzó a descender con furia; las toberas ardían y provocaban una fuerte ventisca. Era un potente aparato, con destellos metálicos resplandeciendo en el fuselaje. Los motores y los dispositivos de propulsión abarcaban gran parte de la masa total. La cabina sobresalía como una rodaja abultada y la popa tenía un anillado concéntrico que la hacía ver como una cintura de avispa. Detrás de un panel de cristal se ocultaba un par de armas articuladas. Posó con suavidad sobre la llanura grisácea. La compuerta de carga se abrió

y de su interior emergió la figura corpulenta del agente. Bajo el intenso calor llevaba sin preocupación una chaqueta de cuero negro, y la funda de su arma automática golpeaba rítmicamente con su muslo derecho. Llevaba puesto el casco de piloto, con la visera de acrílico al frente. Se acercó y dijo:

—Buenas.

—Buenas, señor –saludó el campesino. Se hacía llamar Mateo San Juan, muy conocido entre la comunidad. Era un indio pequeño y de manos secas; hablaba poco, pero sonreía mucho–, ¿qué dice?

El agente sonrió a duras penas debido a una cicatriz profunda que terminaba en la comisura derecha de su boca.

—¿Estás solo? —preguntó.

—No –Mateo San Juan apuntó en dirección hacia un árbol. Tres cruces se hallaban encajadas a un costado. Las miró por un largo momento con ojos vidriosos.

El agente se expresó de un modo poco disimulado y sin dolor alguno:

—Lo siento.

—Así es esto. ¿Qué le vamos a hacer? –Mateo adquirió un nuevo temple–, ¿en qué le puedo ayudar, señor?

—Soy agente federal. Estoy buscando a un sospechoso.

—¿Nada más usted?

—Sí, nada más yo. Me han comisionado esta zona –el agente se llevó las manos al cinturón–, ¿has visto pasar a un hombre por aquí?

—No, señor. Nomás pasa el viento con harto calor. Ya nadie viene por estos rumbos.

—Ajá –dijo el agente.

Mateo San Juan lo miraba con un extraño encogimiento. Sobre sus grandes ojos se percibía una chispa de vida, y con humildad trataba de aferrarse a ella. Los dientes eran afilados de tanto roer las mínimas porciones de comida, sin dejar de frotarse las manos debido a una costumbre adquirida en el invierno.

—¿Qué se robó, señor? –preguntó Mateo con interés.

—¿Quién?
—Ese que busca.
—No se robó nada –dijo despectivamente el agente–, es peligroso.
—¿Peligroso, señor? Debe ser listo. Sí, señor, muy listo.
—Nosotros somos más listos. Esa rata más bien salió escurridiza. Sólo falta que tapemos todas las salidas para que salga y lo pesquemos. Pero es peligroso –repitió el agente con voz baja–, y nos lleva ventaja.

—¿Ventaja, señor? –preguntó Mateo, sin quitar un gesto curioso.

—Es un derivante. ¿Sabes lo que es eso, amigo?

—¡Ah, sí! Claro que sí. Una vez vi cómo uno desapareció en plena calle; así nomás. Los que estábamos ahí fuimos a rezarle a la virgencita en la Iglesia de Monte Carmelo. Me dio rete harto miedo. Después dijeron en la radio que se trataba de eso: un derivante. Oiga, pero dicen que esos son hijos del Diablo.

—No –gruñó el agente–, el Diablo no. La naturaleza los hizo así. Esto es algo serio. Se parecen a ti y a mí, pero en el fondo son capaces de meterse en tu cabeza o saber con anticipación lo que pueda ocurrir en unos años. Cada vez son más los desgraciados. El gobierno habla de una solución práctica y definitiva contra los derivantes. Lo ha venido diciendo por más de un siglo, pero no ha puesto en marcha ningún dictamen.

En el brillo del sol, las montañas parecían una viva fogata, sin aire que las refrescara. Las sombras y los terrenos llanos de abajo no eran más que una secuela de cenizas arrastradas por el abandono.

El agente se pasó la lengua por los labios y dijo: —Dame agua.
—Sí, señor. Cómo no, pásele.
Atravesaron la gastada puerta del jacal. El techo

estaba formado por tablones, tan mal acomodados

que, al menor movimiento de sus cabezas, el sol se filtraba por los resquicios. El suelo, terroso y muerto, levantaba volutas de polvo percibidas a través de las irregulares líneas de luz.

—Allí, siéntese –indicó Mateo San Juan, con amabilidad–, jale la silla. Ahorita le traigo un pocillo con harta agua.

El agente tomó asiento. Apoyó sus botas en un huacal de madera corriente. Se quitó el casco para refrescar la nuca.

Mateo regresó, con el agua bordeando las orillas del pocillo.

El agente bebió con desesperación. Líneas de agua resbalaban sobre su mentón hasta humedecer su chaqueta. Cuando terminó, no dio siquiera las gracias.

—Esos cabrones derivantes —expresó, como si Mateo no estuviera ahí–, me gustaría ponerle la mano encima a uno de ellos, sólo a uno. Ya se les acabará la energía de tanto correr. Ya se cansarán.

Mateo San Juan no dijo nada, limitándose solamente a mirar las regordetas y grasosas manos del visitante.

—¿Y tú qué dices, indio? –preguntó el agente, tomando conciencia de la presencia de su anfitrión–, ¿a poco no tengo razón? Estamos hablando de la raza humana, carajo. Ya debes saber que poco a poco terminarán por desplazarnos.

Mateo lo miró con serenidad. Lanzó un carraspeó y enseguida dijo:

—Pues verá, señor, yo ya estoy desplazado. Todos mis parientes, desplazados. El presidente municipal no quiere saber de nosotros. Gobernador nuevo que entra, gobernador que no se aparece por aquí. Y del presidente mejor no digo nada; no vaya a salir usted de rajón con él. Mi esposa y mis tres hijos murieron porque armé un mitote contra una empresa que se dedicaba a contaminar el río que cruza por el pueblo. Aquí ya no es lugar para vivir, señor.

—¿De qué estás hablando, idiota?

—De que la cosa está de la patada, señor. Mire, venga a ver.

Salieron del jacal y lo rodearon. Mateo San Juan se acercó a la valla y llamó:

—¡Josefa, Petra! ¡Aquí, aquí! El señor las quiere ver.

Detrás de la valla, algo se movió. Entonces, la cabra acudió al llamado. El agente parpadeó, incrédulo, llevándose las manos a la funda.

—¡Dios mío!

Dos cabezas se asomaron; dos cabezas y ocho patas compartiendo el mismo cuerpo. El agente retrocedió bruscamente y tropezó con Mateo San Juan, quien comenzó a explicar:

—Se la enseñé a unos doctores, expertos en medio ambiente, y dijeron que harían lo posible por llevar a juicio esto. Al otro día amanecieron colgados mi esposa y mis hijos.

—¡Aléjala! ¡Aléjala o le meto un tiro!

—Pero están detrás de la valla, señor, y nadie las mira. Además, qué gano yo si vienen o no vienen derivantes aquí, si todo ha estado mal desde el principio. Sí, ya sé que esos derivantes son cosa del Diablo, pero quién quita y me va mejor con ellos. Con ustedes es la misma miseria de siempre.

Pero el agente ya no escuchaba: no hubo forma de que apartara de su mente la imagen de aquella aberración. Se adelantó a ras de la valla, y momentos antes de que comenzara a disparar, Mateo se puso enfrente de él e imploró:

—¡No, señor, no lo haga! ¡Por lo que más quiera!

El agente lo empujó violentamente al suelo. Mateo se levantó y con una voz que no parecía ser la suya, insistió:

—Le dije que no lo hiciera.

El agente encontró la vertiginosa mirada de Mateo. No podía moverse, ni siquiera emitir el más leve sonido. Sintió como se suprimía el tiempo y el espacio. Un profundo peso se ciñó sobre él contra su voluntad. Cayó al suelo, con los ojos desorbitados y la sangre corriendo por la fisura de su cicatriz.

Mateo subió el cadáver hacia el interior de la nave en una carretilla. Tomó asiento en la cabina, oprimió con los dedos el tablero de mandos y encendió las toberas. Levantó el vuelo de la nave cada vez más alto hasta transformarse en un punto y perderse entre las nubes.

En la pantalla del visor observó el jacal convertido ahora en un puesto de avanzada de la rebelión derivante.

También te podría gustar...