Un ángel en Varsovia

Franck Fernández

Para nadie es un secreto que el ser humano engrandece ante las situaciones de crisis. Hay algunos que por miedo, falta de solidaridad o sencillamente desinterés no reaccionan ante el dolor ajeno. Hoy les quiero hablar de una muy hermosa mujer que pasó a la historia precisamente por ser de aquellas que expuso su vida por el bien de los demás y que, a pesar de todo, tuvo la grandeza de no vanagloriarse ni contarle a terceros todo el bien que había realizado. A esta mujer la llaman el Ángel de Varsovia, título muy merecido. Su nombre: Irena Sendler.

Irena nació en una familia de medianos recursos en 1910 en Varsovia. Aún para esta fecha esta zona de Polonia pertenecía al imperio ruso y su padre, que era miembro del Partido Socialista y que había participado en un alzamiento de los polacos contra el poder ruso en 1905, tuvo dificultades para terminar sus estudios de medicina. Una vez concluidos sus estudios, se dedicó a atender básicamente a campesinos y judíos pobres. No solo era socialista el padre de Irena, sino también muy católico y de aquellos que se toman muy a pecho aquello de ayudar al prójimo. Ese fue el precepto de vida que le enseñaron sus padres a Irena. El apellido de soltera de Irena era Kryzanowska, pero cambió a Sendler porque Polonia es uno de los países en los que la mujer pierde su apellido después del matrimonio. Su padre murió por tifus durante una epidemia de esa enfermedad que causó grandes estragos en su país por ayudar a los enfermos cuando otros doctores se negaban a brindarles los cuidados necesarios. Con este ejemplo, el camino de Irena estaba trazado. Ella también abrazo los ideales socialistas, que estaban de moda en aquella época, y decidió que ella también trabajaría por el necesitado.

Hizo estudios de medicina, pero también de derecho en la Universidad de Varsovia. Fue docente en la Casa del Orfanato y trabajó en las instituciones de asistencia social en la República de Polonia una vez que este país logró su independencia después de la Primera Guerra Mundial. Trabajó en la sección de cuidado de la madre y del hijo del Comité de bienestar social y también a favor de madres con hijos ilegítimos brindándoles almuerzos gratis, leche para los infantes y buscando médicos que atendieron a estas mujeres rechazadas por una parte de la sociedad.

La Segunda Guerra Mundial comenzó el primero de septiembre del año 1939 precisamente en Polonia. Un artero ataque de las tropas alemanas por el oeste, mientras que por el este invadían las tropas del Ejército Rojo soviético. Varsovia estaba bajo la ocupación de la bota nazi, donde pronto comenzó su tarea de exterminio de judíos, pero también de gitanos, comunistas, homosexuales, discapacitados y de todo aquel que se resistiera a la ocupación. Esto era solo el comienzo. Hitler, con sus ideas supremacistas y de odio, consideraba que los eslavos habían nacido para servir de esclavos a la raza aria. Ya en octubre del 39, las autoridades de ocupación prohibieron brindar todo tipo de ayuda a la población judía y se les ordenó a los empleadores que despidieran a todos sus empleados judíos. Pero allí estaba Irena, al lado de otros trabajadores de la asistencia social, que continuaron su ayuda. El grupo fue pequeño en sus comienzos, solo 5 mujeres, pero pronto se unieron otras. La tarea de estas benditas mujeres se complicó cuando fue creado el gueto de Varsovia y se levantó un gran muro para impedir la entrada y la salida de esta zona de la ciudad donde prevalecía la falta de alimentos y la insalubridad con la consabida aparición de enfermedades, entre ellas el tifus, enfermedad a la que los alemanes tenían. El tifus no hace diferencias entre las razas.

En su condición de trabajadora de la asistencia social, no le fue difícil obtener tarjetas especiales para entrar y salir al gueto con el pretexto de luchar contra el tifus. Estos viajes de ida y venida les servían para llevar dinero, medicamentos, comida y ropa a aquellos que allí estaban aglutinados. En una ocasión logró pasar mil vacunas contra el tifus que habían sido producidas en la ilegalidad en el Instituto Nacional de Higiene de Polonia. Entraba al gueto dos y tres veces al día haciéndolo por distintas puertas para tratar de evitar llamar la atención. Ese fue el momento en que consideró que podía sacar a los niños y de esta forma librarlos de un mal mayor.

Primero los niños los situaba en adoptación en casa de amigos, pero pronto ya no tenía esa posibilidad y recurrió a la iglesia polaca que presta brindó su ayuda. Es necesario hablar de la Congregación de las hermanas franciscanas pero no solo ellas, otras congregaciones acogieron y escondieron niños en conventos. Allí les enseñaban a rezar para tratar de burlar a los alemanes si inspeccionaban los conventos. Las formas de sacar a los niños del gueto eran las más inverosímiles. Entre bloques de construcción, en cajas de comida e incluso a una bebita la anestesió para dormirla y sacarla dentro de un sarcófago. Pero para Irena era esencial que estos niños no perdieron su identidad y que, cuando terminara la guerra, pudieran volver al seno de sus familias. Cuidadosamente anotaba el nombre de los niños, el de sus padres y dónde se encontraban en pedazos de papel que los ocultaba dentro de pomos de vidrio debajo de un manzano en casa de su vecina. En agosto del año 42, Irena Sendler fue testigo presencial de la marcha de los niños alumnos del pedagogo Janusz Korczak en su viaje a los trenes que los llevarían al exterminio en Treblinka.

De tanto ir y venir, terminó levantando sospechas, fue arrestada en su departamento por la Gestapo la mañana del 21 de octubre del 43. A pesar de todas las búsquedas, los nazis no lograron encontrar los frascos de vidrio escondidos debajo del manzano. Fue salvajemente torturada para que denunciara a sus colegas y el paradero de los niños. Ella logró soportar todo esto. Fue condenada a muerte, pero la organización Zegota, que era la que luchaba contra el invasor, sobornó a uno de los soldados alemanes que estaba a cargo de Irena, la pudieron sacar de la presión y el soldado registró su nombre en la lista de los fusilados. Esto no hizo que Irena se detuviera en su anhelo de ayudar al necesitado. Con nombre y documentos falsos, siguió en su tarea incluso durante el alzamiento de Varsovia contra el ocupante en 1944 cuando Hitler, en un arrebato de ira, destruyó prácticamente toda la ciudad de Varsovia.  

Con el fin de la guerra y la instauración de un régimen comunista en Polonia, Irena siguió su trabajo de asistenta social ocupando diferentes cargos hasta que en 1980 surgió el sindicato independiente Solidarność al que pronto se afilió. De la misma forma que luchó contra el ocupante alemán también luchó contra el régimen que existía en su Polonia en esos años. En 1965 recibió el título que otorga el parlamento israelí de “Justo entre las naciones”. Con este premio los israelitas reconocen a aquellos que ayudaron, incluso al precio de sus propias vidas, a salvar judíos durante la guerra. Se calcula que Irena logró salvar la vida de unos 2500 niños, pero no solo niños, también algunos adultos. Aquellos que reciben tan honroso nombramiento deben ir a un jardín en Israel y sembrar un árbol que lleva su nombre. Las autoridades comunistas de Polonia le negaron el pasaporte para que saliera fuera de la cortina de hierro.

El paso por las mazmorras de la Gestapo dejó serias consecuencias en la salud de Irena y después de la guerra sufrió problemas en el sistema osteoarticular, neurosis de ansiedad y graves jaquecas. Su abnegado trabajo tuvo notoriedad a partir del año 2000 en que un grupo de estudiantes de Estados Unidos, gracias a una representación teatral, puso en la palestra mundial el nombre de Irena Sendler y su loable tarea. Dos veces fue nominada para el Premio Nobel de la Paz. Polonia la condecoró con la más alta condecoración civil de ese país, la medalla del Águila Blanca, y también con la condecoración de la Sonrisa. Falleció a la edad de 98 años por todos amada y recordar.

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