Utopiaf

© Hans Kanters

Gabriel Fuster

El mundo no desaparece 

con cerrar los ojos.

Él había escuchado que si uno realmente quiere suicidarse cortándose las venas, la forma segura era haciendo el corte a lo largo del antebrazo. Un corte tradicional en las muñecas siempre ofrece la oportunidad a los paramédicos de aplicar un punto de presión para contener la hemorragia y enseguida usar un curita para cubrir la herida. Si uno va en serio con el asunto de suicidarse, lo ideal es el corte de la arteria radial hasta la flexura del codo.

Sandro Peñaloza es un operador telefónico del área de quejas de DHL. Humillado, malherido por dagas de hueso y cristal. Lo que Robert Musil llamaría Der Mann ohne Eigenschaften, o sea, un hombre sin atributos. Esta mañana se ha despertado con el grito lunar, sólo para descubrir que la carne de otro cuerpo que había conocido la noche anterior en una fiesta entre amigos, tomó las bragas arrojadas a la mesa de luz y su reloj Seiko de diez años de servicio. Ella se marchó con las prisas para dejar siquiera su número celular escrito en el espejo con un bilé rojo, excepto la pila de toallas mojadas en el piso del baño como un rastro con hedor de culpa para que no la pierda. 

La bestia del dolor busca adelantarse a su sombra, abatirse con ella en un mismo duelo, cerca de dónde empiezan y terminan los destinos cruzados. Ahora, el tipo estaba seguro de su decisión de usar la navaja mientras da vueltas por la casa.

En contra de lo que suponía, encuentra mínima resistencia al cortarse con el instrumento filoso. Los cuchillos abren el sueño profundo de parte a parte, deshojan sus alas con un fulgor de plata viva. Este suicida se queda mirando al vacío contra la ventana de la cocina, sobre el patio trasero. Un movimiento lo distrae. En una esquina, los enanos de Blanca Nieves plantan un bonsái. 

Sonríe, pues le divierte la forma en que trabajan tan industriosamente, excavando la planta y colocándola en un sombrero de copa dispuesto a modo de maceta. Gruñón aplana la gravilla del 

akadama, manchada de cuervo y de hierba, mientras Tontín aplaude. Sandro sabe que alucina. Probablemente, el shock derivado de la hemorragia, pero es tan divertida la escena que éste se siente con ganas de salir y morir al aire libre, bajo el bendito sosiego de un día de sol. 

Aterido en su manta, sostenido por el origen perdido del canto, ya busca la mesa para poner la navaja dentro del vaso de agua. Antes no mezcló alcohol con la lluvia matinal para evitar a los vecinos. Ahora se encamina a la puerta, dejando charcos escarlatas en el mosaico. Sale al patio, presuroso de perder el sueño en la muerte. 

Sandro Peñaloza se acerca a los personajes de cerámica. Estos detienen su tarea y lo observan.

—Buenos días –dice Alegre —¿Te gusta nuestro bonsái? Tiene al menos mil años.

—Es bonito –Sandro responde —¿Por qué decidieron plantarlo en mi patio? ¿Y en domingo?

Sabio llega por su costado y lo toma de la mano, del brazo sano. 

—Según la tradición, aquellos que pueden sembrar un bonsái tienen asegurada la eternidad. ¿No te das cuenta? Durante siglos, los monjes taoístas preservaron estos árboles pequeños en vasijas a lo largo de las escaleras de los templos y eran el enlace entre lo divino y lo humano, el cielo y la tierra. Por otro lado, sembrar marihuana es contra la ley.

El tipo se halla desconcertado. La mano se toca viva, sudada. Del mismo modo, es capaz de percibir la violenta espora de las setas subir hacia el cielo, hambrienta de una constelación. El patio cae hacia el este.

Sandro es cariñosamente conducido a la sombra del bonsái, donde Tímido y Alérgico, entre estornudos, realizan la poda. Éste toca la más próxima de las ramas. Es real.

—¡Que tengas un buen día! –dice Sabio y ordena con señas a los otros enanos recoger la herramienta.

—Pierden su tiempo –dice Sandro, con los ojos entrecerrados —¿No se dan cuenta que me estoy muriendo?

Uno a uno de los enanos se acerca a abrazarlo, donde permanece sentado. Los mira retirarse a la caja de música. Hace rodar sus ojos con el intrincado netsunari del bonsái. Se deja caer sobre su espalda y queda inconsciente.

Sandro abre los ojos en una cama del hospital. En pocos momentos, escucha al joven internista explicarle cómo fue hallado por el matrimonio Chada en el patio de su casa, cuando buscaba a su gato extraviado. El mira el brazo vendado hasta el hombro y no se guarda las ganas de preguntar cómo lograron hospitalizarlo, dado que tenía por sabido que ni siquiera es posible aplicar los primeros auxilios a una herida de esa naturaleza.

—Todo el mundo desea escapar a su realidad –responde el muchacho a la pregunta– pero el mundo no desaparece con cerrar los ojos. Judas, Cleopatra, Sócrates, Hitler y Eva Braun, Alfonsina Storni, Yukio Mishima, Freud, Pedro Armendáriz, Van Gogh, Marilyn Monroe y Kurt Gödel se equivocaron. Vladimir Mayakovsky dejó escrito en su nota suicida “No se lo recomiendo a los demás”. Lo más irregular es admitir que la vida es color de rosa. Ahora, si desea escapar por la puerta falsa, elija un dios. Lo dijo Marx, la religión es el opio del pueblo.

Sandro piensa que éste no sabe aún leer los labios. 

Quand il me prend dans ses bras. Il me parle tout bas, Je vois la vie en rose –el enfermero empieza a canturrear suavemente en francés mientras aplica la inyección, hasta completar con los algodones un acto musical digno del Paris Olympia.

Sandro le pide que se calle y lo deje descansar. En realidad no duerme, aunque un movimiento capta su atención por la esquina del ojo. Afuera, en el cielo, sucediendo con apretadas maniobras, un Soapwith Camel británico de la Primera Guerra Mundial dispara las dos ametralladoras del morro y virando en ángulos cerrados en pos de un pterodáctilo. El sabía que este combate era real porque en otras ventanas había gente asomada y apuntando con el dedo hacia el cielo. 

Durante largo rato mira el duelo entre el maravilloso avión de madera y tela contra el terrible reptil volador del cretáceo. Entonces decide cruzar una apuesta con el personal de guardia.

Al final, gana su favorito.

Sandro recuerda el cuento de la cigarra cuyo médico le prohibió el cigarro mientras espera por la top model que será su cita esa noche. Él la llama otra rubia de caja. La chica le ha prometido una lencería púrpura esta noche. Mientras mira la hora de su Seiko, un Motorwagen de tres ruedas, modelo 1886, se estaciona frente a él y una mujer elegantemente vestida, y con una sombrilla de sol, agita un pañuelo en dirección suya.

—Sandro –llama la mujer, que parece una golosina con sus chapetas. 

Sandro se acerca y reconoce a su abuela, con cuarenta años menos.

Su abuelo conduce el volante. El aroma de su pipa es inconfundible.

—Tu abuelo y yo vamos a hacer un picnic y decidimos incluirte –afirma la mujer.

Sandro empieza a sollozar, mientras asiente con la cabeza y sube al vehículo. Se sienta con la canasta en su regazo. Sonríe. 

Los pistones golpean y el auto emprende su viaje.

Los abuelos murieron desde que tenía once años, pero esta paz dominical de violines y tarde de picnic los hizo inmortales.

Siete años tiene anhelando el mar en seco, hasta que la gárgara obscena anuncia los embarques y singladuras, las velas inflamadas, los recios timones y quillas portentosas hendiendo al fin la espuma. Calipso contempla a su hombre conduciendo el catamarán a través de los acantilados de zafiro. Sandro alcanza la isla. Ni la brisa ni el tañido de su lira podrán retenerlo por más tiempo. 

—Si me siento muy solo aquí –se dice, mientras atraca en la arena caliente —decido abrir una franquicia de comida rápida. Algo así como comida tailandesa, o yucateca.

Al mismo tiempo que habla sólo, un grupo de nativos prefigurados y bronceados salen de la vegetación y lo saludan. Los niños se acercan para curiosear su cicatriz, celebran su bienvenida con golpes de conchas y juncos. Sandro reconoce las notas de Macarena, siempre fue su melodía preferida. El volcán hace erupción, produciendo humo de incienso. La realidad claudica y aparta sus ojos de azufre y magma. Si el mundo real era intolerable para las vidas que contiene, entonces el mundo tendría que modificarse a sí mismo. 

—Hola, amigos –responde Sandro a los maoríes —yo siempre quise vivir en un lugar como éste. Al igual que Marco Polo, no tenía idea de dónde encontrarlo. ¿Qué puntos de interés tenemos aquí?

Ellos le contaron el principio del maremoto, pero Sandro no daba crédito a lo que oía y tenía por delante. Al final, el paraíso que ni el cartógrafo Piri Reis en su más loco delirio hubiera ubicado al lado de Ogigia. 

Este momento de triunfo fue traído a ustedes por cortesía de pañuelos Klennex decorados. Ahora con una nueva presentación y mejorados.

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