Tatuado

José Gutiérrez-Llama*

“Querida imaginación, lo que amo sobre 

todo en ti es que no perdonas.”

– André Bretón –

Él la amaba. La amaba porque el deseo es la fórmula primigenia de amar; el instinto que eterniza y hace pulsar piedras, coágulos de gas y grasa que circulan nebulosas y galaxias. La amaba pero ignoraba ésta o alguna otra razón; no era necesaria y a la vez, era imprescindible renunciar a ella para enloquecer. La amaba. Era lógico. La mujer es una brasa que se transita descalzo; crepitante e inquieta sobre un anafe de sábanas y secreciones. Sus ojos lanzas que se clavan y enraízan bajo los ideales, y sus dientes garras que arañan el costillar y atrapan los sueños. La amaba. La amaba y entonces no dudó un instante cuando le pidió tatuar su nombre entre sus tetillas. Gótica inscripción que excitó a la bella cuando la miró. Lo recompensó y sus muslos le apretujaron el pubis y las meninges. Un nuevo pedido y una nueva frase de amor, apareció en su abdomen. La joven acompañó el trazo con caligrafía lingual y el punto final coronó la lúbrica maniobra.

Dio comienzo un juego de literatura que lo transformó en poema, una travesía repleta de espasmos que lo deleitó. Como es natural, cuando no hubo espacio para más palabras la historia concluyó. Así que una noche (porque las desgracias suceden a oscuras), la mujer marchó y dejó su adiós escrito en la luna con lápiz labial. Él quedó tendido cual mancha de tinta que al tiempo absorbió el colchón.