Recortables aleatorios y de compañía (60 años)

© Mab Graves

Manel Costa

“Recorta la realidad, interprétala y ponla en otro lugar”

Un recortable podría ser un “cortable” repetido; esto que parece una tontería es, verdaderamente, lo que aparenta, es decir, una tontería. Pero, por eso mismo, una deducción absolutamente válida y sobre la que podemos asentar una premisa en la que se acomodan todas las reflexiones posteriores.

Las reflexiones posteriores de un recortable son de madera y de vidrio, y en ocasiones de papel pétreo extraído de los cajones de oficina o de archivos herbívoros. Esto hace que estas reflexiones sean más o menos perecederas según la materia con la que están fabricadas. Sin embargo, estos detalles —por otro lado, necesarios de puntualizar— no perturbarán, ni poco ni mucho, tanto el contenido del texto como su forma, textura, olor o sonido. Y es que los textos de hoy ya no son como los de antes, todo hay que decirlo.

Así pues, tal vez sería conveniente, antes de entrar en materia, hacer una separación de los distintos grupos de recortables existentes en la actualidad.

Como es bien sabido, el colectivo de recortables se divide en varias clases; sin embargo, nosotros nos centraremos exclusivamente en aquellas dos que consideramos más importantes o significativos, es decir, destacando su origen, o sea, los que nacen de manera aleatoria y viven salvajemente y los que, creados a conciencia, son llamados recortables de compañía. Tanto los unos como los otros tienen características y hábitats diferentes, por lo que su idiosincrasia difiere notablemente si comparamos científicamente sus respectivas peculiaridades.

Los recortables salvajes o aleatorios son producto de la inconsciencia del hombre y salen, generalmente, de actitudes de enojo, rechazo, desinterés o como medida preventiva para que el prójimo no reconozca el contexto original del que parten. Por ello, y dado que su procedencia dimana de una situación digamos negativa, su carácter se muestra ya impreso desde el principio de su existencia, en una circunstancia no deseada que condiciona su mismo ego, tanto a nivel individual como colectivo. Así pues, desde su creación o nacimiento su hábitat suele ser inapropiado —dentro de unas normas convencionales de conducta— para su desarrollo integral; no debemos olvidar que un recortable aleatorio nonato, tan pronto deja de serlo pasa inmediatamente a la papelera, al retrete, al cubo de la basura o, lo que es peor, a ser abandonado en medio de una calle cualquiera con los peligros que esta acción implica. Esto, lógicamente, los convierte en un grupo marginal en perpetua reivindicación de mejores condiciones de vida y de un cierto reconocimiento de la misma sociedad de los recortables.

Ellos, por sus singulares características, son proclives al individualismo, no tienen todavía conciencia de grupo, lo que limita enormemente los resultados de sus protestas, ya que sus voces solitarias se ahogan en el mar social que los rodea.

De todo ello se podría desprender que en apariencia son seres infelices e insatisfechos, sin embargo la realidad es bien distinta. Los recortables aleatorios, a pesar de soportar las contrariedades antes descritas, son seres equilibrados y relativamente gozosos. Han aceptado perfectamente su destino, incluso se encuentran orgullosos de su —mal entendida— situación. ¿Por qué, pues, esta paradoja? Es muy sencillo; los recortables aleatorios, aparte de su problemática social, son los únicos que, a nuestro entender, poseen propiedades y aspectos genuinamente artísticos. Ellos lo saben y, en cierto modo, miran con desprecio a los recortables de compañía por la simplicidad o sencillez de sus formas y la carencia artística de sus representaciones.

Este tipo de recortable, producto de un acto mecánico, suele tener tantas lecturas como posibles observadores. Si el observador aloja un mínimo de delicadeza artística, cada papel recortado puede insinuar infinidad de ideas y un sinfín de interpretaciones; de otro modo, esta exuberancia estética suele pasar desapercibida para las mentes tontas y viciadas de ciertos individuos.

El hecho de que se infravalore estos recortables proviene únicamente de la facilidad con que son realizados, como si la dificultad en su fabricación fuera directamente proporcional a su valor artístico, cuando está demostrado que la abstracción y el azar comportan paralelamente un bagaje simbólico del que carecen, naturalmente, el resto de recortables.

La cara opuesta a este tipo de recortables se presenta bajo la denominación de “recortables de compañía”. Este modelo de recortable, también llamado convencional o casero, surge de manera premeditada, estudiada y coherentemente intencionada.

El constructor es un instrumento (bastante incompetente) para dar vida a una realidad vulgar, banal y mediocre. Esto, es evidente, empobrece el producto de tal manera que cualquier observador medianamente inteligente no duda en mostrar su desprecio o, al menos, su indiferencia y desafección hacia el resultado final de la acción.

La finalidad del recortable de compañía no comporta, en sí misma, una acción artística, sino una intencionalidad que, en nuestra opinión, entendemos como espuria y ramplona, ​​y que, sin embargo, se convierte en la esencia de su existencia, esto es, representar la realidad sin salirse de ella. Su perfil, su aspecto, su tamaño obedecen a una planificación previa, ausente de valores artísticos intrínsecos. De este modo, la representación que se ofrece al observador es clara y manifiesta, no deja grietas por donde se escape un soplo de imaginación.

El autor de estos recortables tan sólo recibe satisfacciones por su habilidad en copiar, pero nunca sus productos serán semillas que desarrollen una especie de percepción más libre y no sujeta a valores preestablecidos.

Desgraciadamente este linaje de recortables son los únicos que son reconocidos como tales. Es una incongruencia, pero, al mismo tiempo, una realidad patente que nos lleva a deducir la poca sensibilidad artística que pervive en una sociedad que sólo tiene en cuenta aquello que le evita pensar, analizar y utilizar la imaginación como recurso fundamental para salir de la mediocridad y el estancamiento.

No quisiéramos terminar este artículo sin rozar, aunque sea de manera superficial, dos subdivisiones, dentro de este tipo de seres inanimados, que nos parecen importantes para dar una visión un poco más completa e, incluso, con más detalle del recortable en cuestión.

Como digo, existen dos subdivisiones que acogen a recortables con unas características muy significativas. Por ejemplo, aquellos que están realizados con papel blanco, también llamados “mudos”, y los otros, los “habladores” que, obviamente, contienen en sus carnes partes de un texto. Los primeros establecen la comunicación tan sólo mediante la forma, mientras que el “hablador”, además de su apariencia o contorno, lo hace por el texto que contiene. Creemos que el primero motiva al observador mucho más que el segundo, ya que, dentro de la simplicidad (sólo con perfil y color), transmite un mensaje formal más puro, que es en definitiva el objetivo del recortable en general. Existen otros estudiosos del tema que opinan que un recortable escrito supone un valor añadido al que ya de por sí conlleva, pero sobre este juicio se alzan muchas críticas a las que nos unimos de manera incondicional.

A la postre, pensamos que la evolución de los recortables no ha sido paralela al progreso vivido por otras disciplinas artísticas. En nuestras manos está que situemos esta maestría en el lugar que le corresponde.

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