El verdugo

© Samuli Heimonen

Manel Costa

Era verdugo desde siempre, no había hecho otra cosa en toda su vida. Después de muchos años de oficio se encontraba en el dilema de abandonar su carrera o, venciendo un sentimiento (un profundo sentimiento —diría él—), continuar con su trabajo. Era el único verdugo del país, y por ello, a la vez que era temido, era admirado y respetado.

Mas la desgracia quiso que toda su posición social peligrará y se fuera al traste por el mal paso dado por uno de sus hijos.

Hacía poco, un hijo suyo, Enrique, había sido juzgado y sentenciado a muerte por un asesinato, y nada menos a él le encargaban ajusticiarlo. La ley no reconocía, en estos casos, ningún lazo sentimental o familiar que le pudiera librar de la encomienda recibida de los altos magistrados. La orden debía ser cumplida en fecha muy próxima y ya señalada. La negación a efectuar la ejecución implicaba la renuncia inmediata al trabajo, con deshonor y pérdida de los derechos adquiridos durante todo el tiempo trabajado. Muy claro se lo había dicho su superior, el cual, también es verdad, comprendía su problema pero por el que no podía —según sus palabras— hacer absolutamente nada. Las leyes del país eran bastante estrictas y contundentes en cuanto al abandono de un trabajo de unas características tan especiales como el suyo, y más si éste dependía de un estamento estatal como era el Ministerio de Justicia, que como su nombre indicaba era de los más justos de todos los ministerios que tenía el Estado.

Varias veces había intentado aducir enfermedad, desasosiego e, incluso, pidió unas cortas vacaciones; porque si bien era verdad que este año ya las había cumplido, también lo era que había hecho muchas ejecuciones fuera del horario normal y nunca, absolutamente nunca, ese trabajo extra se lo habían pagado.

Incluso, desesperado por la proximidad de la fecha funesta y triste, optó por elevar una súplica al Gran Preboste General del País, la cual, como era natural, nunca fue contestada.

La primera alternativa suponía matar a su hijo, la segunda…, la segunda… no la encontraba. Se pusiera como se pusiera deducía que su hijo sería descabezado, si no por él, por alguien que prematuramente buscaran para efectuar su trabajo, por lo que con toda seguridad sería un simple aficionado que con su torpeza e inexperiencia haría sufrir de una manera indescriptible a su hijo, mientras que si se encargaba él de realizarlo lo haría con mucho amor, y con la ventaja de que él sabía el punto exacto donde debía cortar para que la muerte fuera rápida e indolora.

La segunda alternativa suponía negarse a celebrar la ejecución, lo que conllevaba su despido inmediato, y, por tanto, la pérdida del apoyo económico para toda su familia; la que, indefectiblemente, se vería obligada a vivir de la caridad y probablemente en la indigencia, y con seguridad, sus otros hijos fueran presa de enfermedades aterradoras que los llevarían, sí o sí, a la tumba.

Seguro de sí mismo, con una expresión bondadosa en su cara, y contento por su decisión, bajó con fuerza el hacha separándole, de una sola vez, la cabeza del cuerpo de su hijo.

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