El faro de Alejandría

Franck Fernández

Nunca se me ha ocurrido montarme en una pequeña embarcación de noche. Dios me libre. Le tengo demasiado miedo al mar. Pero asumo que aquellos que sí se atreven a esta aventura encontrarán en la luz de un faro una guía amiga que le indica el camino a seguir.

Y esto me lleva a contarles una historia, la historia de los faros. Todo comenzó hace ya 2400 años en la recientemente fundada ciudad de Alejandría. Esta ciudad se había construido en la desmesura. Alejandro, el rey macedonio que más tarde sería reconocido por la historia como Alejandro Magno, bautizó con su nombre la futura ciudad y quería crear en ella la capital de su futuro imperio. La muerte decidió otra cosa. Lo sorprendió allá lejos, en oriente, a donde había llegado a conquistar las tierras del imperio persa para crear uno nuevo bajo sus órdenes. Pero su deseo de hacer una gran ciudad sí fue cumplido. Su amigo de infancia y general de confianza, Ptolomeo, fue el encargado de tan grandiosa obra. Alejandría se encuentra en una zona de África extremadamente plana por ser desértica y la intención era convertirla no solo en la futura capital del comercio del mundo conocido sino también en una gran metrópolis. El general Ptolomeo, que se autoproclamó faraón, comenzó la construcción de un faro para que llegaran a buen puerto los barcos que se dirigían a Alejandría y fomentar su comercio y riqueza. Aquí también la muerte impidió que Ptolomeo I pudiera ver terminada su construcción. Fue su hijo, Ptolomeo II llamado Filadelfo, el encargado de terminar la obra. Les estoy hablando del año 329 antes de Cristo.

No se tiene una idea fidedigna de cómo fue esta torre. Lo que sí se sabe, gracias a los escritos de los contemporáneos, es que tenía unos 134 metros de altura y estaba situada sobre una isla, quizás más que isla un pequeño islote que tenía el nombre de Faros y que se encontraba a unos 800 o 1000 metros de la costa. Es precisamente esta isla, Faros, la que le dio el nombre a las construcciones que conocemos hoy y ello en casi todos los idiomas del mundo. Los antiguos cronistas nos decían que estaba formada por tres partes. Una mayor de base cuadrada, una segunda con base octagonal más pequeña que la primera y, al final, una tercera, la más pequeña de las tres, con una base redonda. Resulta que en la cima ardía un fuego permanente que, gracias al movimiento circular de un espejo cóncavo, se lograba enviar los rayos de luz que llegaban hasta 50 kilómetros mar adentro durante las noches, a gran placer de los navegantes.

No se sabe exactamente cómo se mantenía encendido este fuego. Podemos descartar que fuera leña, en la medida en que Alejandría está rodeada por el desierto y los árboles no abundan. Se dice que lo que mantenía vivo el fuego era una especie de mezcla a base de petróleo, quizás también excremento de animales. Los visitantes de la ciudad venían y subían mediante el pago de un módico precio las escaleras que lo llevaban hasta la cima, a la altura de 134 metros, lo que equivale a un edificio de poco más de 30 pisos.

El faro de Alejandría fue testigo de varias diferentes etapas de la historia de la ciudad. Pasó de la época greco-egipcia con la dinastía de los Ptolomeos, la dinastía XXIII y última, la de Cleopatra, y que fue la que conocieron los míticos Julio César y Marco Antonio, al período en que Alejandría fue la capital de la provincia de Egipto perteneciente al Imperio romano. Fue testigo del reconocimiento del cristianismo como religión de estado y también vio la llegada de las invasiones musulmanas y la imposición de las leyes del Corán a sangre y fuego. Más de 1600 años este faro cumplió cada noche su trabajo de indicarle el camino a buen puerto a los navegantes.

Lamentablemente lo que no sabía Alejandro al fundar la capital de su imperio en este lugar es que esta es una zona tectónicamente muy inestable y todo lo que fue la costa de Alejandría de esta época se encuentra hoy bajo el mar debido a varios movimientos telúricos. Un primer terremoto en 1302 y otro en 1323 derribaron tan imponente construcción. Fueron necesarias tan descomunales fuerzas para destruirlo. Más adelante, en 1477 para darle el golpe de gracia al faro, el sultán de la ciudad decidió que con sus bloques de piedra se construyera una fortificación para proteger el puerto. Esta fortificación hoy es conocida como Fuerte Qaitbay. A pesar de ya no estar con nosotros, el faro de Alejandría nos ha dejado su nombre que hace eco en las costas de todo el mundo. Miles y miles de faros más pequeños cada noche le brindan tributo. Nos ha dejado su historia para ser reconocido como una de las siete maravillas del mundo antiguo y nos deja bien claro que nosotros, con toda nuestra tecnología y presunción, no somos capaces de construir un edificio de 30 pisos de alto que pueda durar 1600 años.

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