Carne

© Angela

Royina Arróniz*

Todo empieza y termina en la carne. Su religión –deofágica– la invitaba cada fin de semana a comerse su dios y beber su sangre para lograr –sabía– una perfecta unión. Después de deglutirle, podía aspirar a cierta tranquilidad.

La carne lo es todo, lo es uno mismo. Por la carne sentimos el dolor y a través de éste se nos hace consciente cada parte del cuerpo. Sólo en el dolor, o en la ausencia de sensaciones, nos percatamos de toda su material importancia. La ajena es capricho que se torna en deseo para luego convertirse en necesidad hasta que se sacia el hambre, entonces se vuelve inservible, eso lo sabía bien ella.

Él quería su carne (la de ella). La ha deseado con desmesura desde el día que la vio trasponer la puerta de su oficina. Cuando al fin vence la timidez –o la sensatez–, se acerca para hablarle al tiempo que la carne de su vientre se rebela furiosa ante la prudencia.

Ella no sabe lo que le ocurre, pero una poderosa sensación le sacude la piel. Sus entrañas se contraen y se le dificulta respirar; no puede pensar y siente que todo es un torbellino. El vientre le quema e intuye que eso no puede ser nada bueno. No puede serlo el presentar esa sacudida en cenit del cuerpo y a la vez experimentar  un deseo atroz de poseer la carne ajena de él. El cerebro se impone remitiéndole a esos días del año en que la carne está prohibida. ¿Qué representa entonces la carne?

Cuando al fin se encuentran a solas él no pierde el tiempo. Ella le cubre los labios con la mano, no quiere oírle, no quiere palabras porque sabe que la mente traicionará el instinto. En esa desesperación él la posee frenético y ella por primera vez en la vida se deja llevar; así, sin pensar. 

Tumbados los dos boca arriba aún jadeantes, ella se levanta con lentitud para sacar la daga que lleva en la bolsa.

Todo pasa en un instante.

Después, en una perfecta unión, comienza a devorarle.

* Cuentos del sótano

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