La Cisterna Basílica

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Franck Fernández

El agua es un elemento indispensable para la vida del ser humano. Podemos pasar bastantes días sin comer, pero son muy pocos los días que podemos estar sin beber agua o algún otro líquido sin poner en serio peligro nuestra salud, incluso nuestra propia vida.

Antes de comenzar a hacer la historia del día de hoy, les quiero hablar de cómo fue que el Imperio Romano se dividió en dos. El emperador Constantino, a quién le debemos la aceptación de la religión católica como religión de estado en Roma, entendió que las dimensiones del imperio eran tan grandes que hacía muy difícil su protección. Fue en esos términos que consideró que era conveniente dividir el imperio en dos: el Imperio de Occidente, cuya capital seguiría siendo Roma, y el Imperio de Oriente con una nueva capital en una zona extremadamente bien situada en el estrecho del Bósforo y que le daba acceso al Mar Negro. A esta ciudad se le puso el nombre de su fundador: Constantinopla.

El tiempo demostró que Constantino tenía razón. Las invasiones de los bárbaros del norte de Europa dieron razón con el Imperio de Occidente, pero el Imperio Oriental llegó a vivir mil años. Fue en el año 1453 que los otomanos, que son los turcos de hoy, lograron hacerse con tan importante capital y con ello con todo el Imperio Bizantino, que era como también se le llamaba al Imperio de Oriente. Le pusieron el nombre de Istambul, lo que significa: “en la ciudad”. Entre los múltiples emperadores que reinaron en el Imperio Bizantino estuvo Justiniano 1, que entendía que la muy estratégica posición de Constantinopla la convertía en lugar de interés para que la conquistaran sus enemigos. La ciudad era aprovisionada de agua por varios acueductos, como los vemos en las fotos, que eran grandes obras de arquitectura de la antigüedad para traer el agua desde sus fuentes originales hasta las ciudades, pero Justiniano entendió que, en caso en que la ciudad fuera sitiada y cortaran el suministro de estos acueductos, rápidamente la ciudad podría morir de sed.

En aquella época, en que las armas eran tan rudimentarias, las ciudades eran protegidas por grandes murallas y, cuando un enemigo venía con intención de conquistar una ciudad, generalmente lo que hacía era acampar durante semanas y a veces años ante las puertas de la ciudad esperando a que por sed y hambre los habitantes tuvieron que rendirse. Justiniano, ante esta posibilidad, decidió construir una inmensa cisterna de agua para que la ciudad al menos no muriera de sed en caso del sitio. Se dio a la tarea de construir una gran cisterna en el lugar donde ya antiguamente había existido una basílica, razón por la que se le dio el nombre de Cisterna Basílica. Esta cisterna puede almacenar hasta 100.000 metros cúbicos de agua. En tiempos de paz se utilizaba para regar los jardines de los palacios imperiales. Las proporciones de esta cisterna son inmensas: 140 metros de largo por 70 de ancho, paredes de más de 4 metros de ancho para contener el peso de la masa de agua y el techo sostenido por la bagatela de 336 columnas de más de 4 metros de altura. En su mayoría, estas columnas no fueron realizadas específicamente para la construcción de la Cisterna Basílica, sino que se trajeron de otras construcciones anteriores, razón por la cual podemos ver los tres principales estilos de columnas clásicas: las jónicas, las corintias y, en menor cantidad, las dóricas.

Así estuvieron las cosas hasta que los otomanos conquistaron Constantinopla y, como para los musulmanes el agua que no circula es un agua impura, pronto cerraron esta cisterna. Unos 100 años más tarde a la ya Estambul llegó un viajero holandeses que fue el que redescubrió la cisterna al interesarse de dónde venía el agua con la que se regaban los jardines del palacio del sultán. A pesar de este redescubrimiento hacia final de los años 1500, volvió a caer en el olvido esta magnífica obra de ingeniería.

Solo en el año 1987, el Ayuntamiento Metropolitano de Estambul después de importantes reparaciones abrió las puertas de tan suntuosa construcción a los turistas, convirtiéndose hoy en día en una de las más importantes atracciones que tiene la ciudad para los que la visitan. Después de bajar 52 escalones llega el visitante a nivel de unas pasarelas de madera que se han instalado para que el visitante pueda caminar encima del agua. El nivel del agua no es muy alto porque ya hoy en día no es necesario tener un lugar de almacenamiento de agua tan grande. Para mayor encanto, las autoridades han iluminado las columnas con luces doradas que le dan una sensación de extraordinaria tranquilidad y sosiego, en total diferencia con el bullicio de la ciudad moderna que se encuentra arriba. La instalación de estos pasillos de madera es algo reciente, porque los primeros visitantes a partir del año 1987 hacían el paseo en barca, pero la afluencia obligó a encontrar una forma más fácil de paseo.

La Cisterna Basílica ha sido escenario de varias películas impresionando siempre a los espectadores. Este lugar es un sitio de predilección para reuniones culturales y conciertos de música clásica fuera de los horarios de apertura de la Cisterna Basílica. Si va a Estambul, no deje de visitar este sorprendente lugar por el módico precio de unos $ 3 dólares norteamericanos, claro, hay que pagar en liras turcas. Allí podrá apreciar con sus propios ojos las capacidades arquitectónicas que ya dominaban nuestros antecesores.

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