Descubrimiento

Cesar Antonio Navarro*

© Jason Limon

El silencio en el jardín del patio trasero, los olvidos en los amaneceres de tantos días, la soledad como única acompañante. Abres los ojos a la vida, en una hora en que el sol parece olvidado, los rayos que llegan son tan débiles. Es invierno. Al despertar, acudir al baño es lo primero que haces, la rutina agobiante. Después del protocolo te viertes en el jardín trasero, cortas un poco de zacate y se lo das al conejo que guardas en una jaulita en tu habitación. Desde hace seis meses, el tiempo que ha vivido contigo, lo alimentas de la misma manera. Le tienes un cariño sincero; es un buen tipo, dices todas las mañanas, un gran conejo.

Satisfecho quedas al término de sus alimentos, ese zacate que cortas todas las mañanas, que sirve de comida deliciosa para el animal que reside en tu habitación; y es increíble, porque la habitación está padeciendo de olores raros estos últimos días, pero a ti no te interesa ya que el amor y esas cosas que tiene la vida y el conejo. Si vieras, es un gran amigo. Desde que lo tienes la soledad te ha abandonado dando paso a la felicidad. Todo mundo debería comprarse un conejo, dices mientras te preparas el desayuno y colocas la jaula, con él dentro, en el suelo de la cocina. Seis meses no es mucho, piensas, mientras el huevo es golpeado levemente sobre la mesa y queda abierto, roto el cascarón, listo para ser vaciado. La yema que escapa, que cae en la cazuela cobijada por una estufa caliente; el fuego lento, se consume la odiosa rutina del desayuno. El huevo en el plato, el jamón en su punto, la taza de café, el conejo como único testigo de un desayuno que más bien parece almuerzo por la hora en que se consume.

Desde hace diez años vives solo. La muerte de tu esposa te afectó en forma grave los primeros seis años, pero después fue formando parte de una vida que transcurría. Las lágrimas no podían continuar y un día te hartaste de tanto sollozo; decidiste empezar una nueva vida acompañado de la soledad. Y ahora un conejo blanco que come zacate cortado por tus manos y que sueñas todas las madrugadas te acompaña, lo besas, acaricias; un amor animal. Te has alejado casi por completo de tu familia después del accidente que dio muerte a tu señora esposa. Resides en la misma casa, sin hijos. La idea de traer vida a este mundo ya estaba en sus planes pero el destino en ocasiones es cruel. Por eso la soledad y el conejo y el desayuno a las dos de la tarde, la televisión prendida en cualquier canal; vete silencio, vete. Desayunas en pijama. Pruebas un bocado, le lanzas una mirada al conejo y le sonríes; como si te entendiera, como si supiera que esa sonrisa se traduce en amor; en un extraño cariño nacido a partir de una soledad plena. Nunca has pensado en el suicidio, ni lo pensaste cuando los primeros años de la muerte de tu mujer, y eso que todas las noches te reprochabas no haber acudido con ella a la reunión de trabajo que tenía lugar a altas horas de la mañana; preferiste quedarte dormido y eso era tan cosa tuya, tanta flojera acumulada en tu piel. Terminas de comer, acaricias levemente la pelambre del conejo dentro de la jaula. Te gustaría volverlo a tener entre tus brazos, besarlo intensamente, demostrarle todo tu amor; pero sabes que es imposible ya que el médico te lo prohibió la semana pasada. Las enfermedades aparecen en cualquier momento. Tienes que cuidarte lo más posible, te avisó el médico el jueves pasado. Debes obedecer aunque mueras de ganas por sentir cerca a tu conejo blanco. Lo llevas a tu habitación de nuevo, y lo dejas en un lugar donde esté cómodo. Te bañas, te cambias, saldrás. Tienes una reunión con el director del periódico donde publicas una nota cada semana, lo que ayuda a sobrellevar una vida sin lujos pero tranquila. Te peinas frente al espejo y observas tu rostro, adusto, infatigable, viejo a cada momento. Pasas el cepillo por ese cabello largo, otrora fino, que ahora embadurnas de gel, lo acomodas lo mejor posible y te dispones a salir rumbo a la reunión. Dejas al conejo debajo de tu cama. Te encantaría llevarlo, pero sabes que no es posible, qué diría la gente en el camión, un conejo, qué hombre más loco. ¿Por qué no un perro o un gato? Diablos, un conejo causaría mucho barullo entre la gente que vaya en el transporte, y luego los niños, siempre molestos:

“Mira mamá, un conejo, un conejo, mamá, ¿puedo tocarlo?, dile al señor que me deje tocarlo, ¿puedo, me deja? Momentos insoportables que tiene la vida, piensas mientras cierras la puerta de la calle. Conejo, conejo. Saltas a la avenida donde aguardarás a que aparezca el camión. Calles sin pavimentar, el polvo que acaricia tus zapatos negros. La seducción de una muchacha de minifalda que pasa, que te desea, lo sabes. Ella desea a todo hombre, piensas, mientras la miras fijamente y ella se pone seria, camina, se aleja, se pierde. El camión aparece, sacas unas monedas, pagas. Buscas un asiento, lo encuentras. El conejo vuelve a tu cabeza como un amor que prevalece por siempre. Unos cuantos pasajeros solamente. Bendito viaje, te dices mientras sacas tu celular, ves la pantalla que te muestra la foto de un conejo, tu conejo blanco y hermoso.

Recuerdas la última visita al psicólogo (qué absurdamente lo llamas “doctor” para que no te tachen de loco, cosa que no ocurrirá ya que tu círculo de amigos es ínfimo, casi inexistente). La última sesión, las preguntas que te formuló, el olor del consultorio, el sillón tan cómodo que no te querías ir. Ansiabas que la sesión durará toda la vida, pero después te dijiste que no porque el conejo estaba solo y había que cuidarlo. Por supuesto que no se lo dijiste al psicólogo, sólo lo pensaste. Eres inteligente, sabes en qué momento actuar. Te mueves astutamente, como un conejo, cada vez te pareces más a él. Se adoran. Son una sola persona o animal. Se entrelazan los sentimientos, conejo-hombre, hombre-conejo, astuto-hombre, conejo-astuto-enjaulado, hombre-conejo-astuto-enjaulado.

Sonríes por el recuerdo. Los minutos han pasado, jalas el cordón del decrépito transporte. Bajas en la esquina. La tarde está llegando. Es invierno y la luz del sol desaparece temprano. El frío te quema los huesos. La reunión te espera. Acudes y estrechas la mano del editor. Te habla de unas vacaciones y de un recorte de personal. Te dice que tienes talento, que nada más es cosa de que busques un poco y encontrarás un nuevo empleo. Te despide diciéndote que después pases a cobrar tu liquidación. Sales, te recargas en un semáforo y entonces es cuando piensas realmente en todo lo que te acaba de suceder. Te han despedido, te dices silenciosamente. Te has quedado sin trabajo, sin la minita de oro que era escribir unas cuantas notas a la semana y vivir tranquilamente el resto del mes atendiendo como se debe al conejo. Ocurrió tan rápido todo. Aún recuerdas cuando entraste y en la recepción saludaste a la señorita nueva. Subiste, y las palabras parecían venir de un sueño lejano, tan lejano que sentiste que descansabas, que tus ojos se cerraban y dormías; pero todo fue real, tan cierto que ya no tienes empleo. No sabes qué hacer, tu peor día en mucho tiempo.

La noche se hace presente, y la luna que aparece te observa cuando cruzas la calle. No piensas, una banca en la parada de camiones se vuelve tu acompañante. Postrado en ella divisas tu otrora casa laboral. Te sientes triste, por supuesto, no es para menos. Observas cómo pasan los automóviles, cómo transcurre la vida sin detenerse. El recuerdo del conejo te vuelve como un puñetazo en pleno rostro. Te levantas rápidamente, haces la parada al primer taxi que pasa y lo abordas. Llévame hasta mi casa, le dices como si el conductor del transporte supiera exactamente dónde vives. Dirección tal y arranca a toda velocidad, no porque tú se lo hayas pedido, sino porque es su fiel costumbre, pisar el acelerador a fondo, sentir la adrenalina de vencer el tiempo-espacio. El peor día de tu vida, te dices, mientras te encuentras dentro de ese automóvil con un tipo que insiste en conversar; pero siempre te niegas, sólo vociferas que sí, que no es cosa, que se calle. Piensas que lo único que salvará tu día será el hermoso conejo, su pelaje blanco, sus ojos saltones; dulzura que se advierte en cuanto lo ves. Ya imaginaste la noche que pasarán juntos, viendo televisión hasta la madrugada, hasta que los ojos lentamente se vayan cerrando de tanto sueño acumulado. Llegas a tu casa, pagas lo acordado, sacas la llave para abrir la puerta de calle, no la abres, ya está abierta. Te sorprendes, una bocanada de aire entra hasta tus pulmones. El corazón comienza a palpitar a prisa. Entras sin miedo; no tienes miedo. En tu cabeza sólo está la imagen del conejo, sólo ella y nada más. Observas con atención. Te das cuenta que la puerta de entrada está abierta y la luz encendida. Te sobresaltas. Sientes rabia pero es más tu desesperación por ver al conejo. No te preguntas nada, sólo entras a tu habitación rápidamente. Debajo de la cama está vacío la jaula ha desaparecido. No lo puedes creer. Te levantas, las manos al rostro, te jalas el cabello. Te dices que te has equivocado, que no lo dejaste ahí, que lo colocaste en el baño. Acudes allí y nada. Te molestas. Con el puño golpeas la pared hasta que te duele. Ya no te duele. Te dices que ya recordaste, claro, por supuesto, cómo pudiste equivocarte; tan tonto como siempre. Sí, lo deje en el patio trasero. Vas allí y sientes que el mundo se te echa encima porque la jaula con el conejo no se divisa por ningún lado; sólo el pasto verde, tan verde como nunca. Te echas sobre al pasto. No te interesa más nada.

Sollozas incontrolablemente. No revisas la casa, qué se robaron. Comprendes que alguien o varios entraron y se llevaron al conejo; lo alejaron de ti para siempre. Tu conejo se ha ido junto con el trabajo. Echado en el pasto verde lloras, no te has puesto a pensar por qué razón decidiste tirarte en el zacate. En tu cabeza sólo viven los recuerdos de tu conejo; conejo que te vas y te vas y no vuelves. En cierto momento adoptas la posición de conejo y sueltas una mordida al zacate de tu patio trasero, después otra y otra. Sollozas y devoras el pasto verde que habías creado para tu conejo. Pasto verde que ahora disfrutas, conejo; conejo con hambre, conejo hombre, conejo tú.

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*Cuentos del sótano III

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