Pájaro rojo

Antonio Vera*

© Vincent Cacciotti

María dejó que los pájaros cruzaran su ventana. La abrió de par en par y entraron despavoridos en forma de ventarrón y haciendo ruido. Ruido fuerte. Aguacero de hojarasca.

Corrió al centro de su cama para sentarse. Acomodó sus cabellos alborotados por la agitación de los animales mientras escuchaba un duro zumbido cuajándose a unos centímetros de su cabeza. Levantó la cara hacia el techo y un disco de pájaros policromados giraba con velocidad. Se acostó para observarlos de manera más cómoda. El círculo emplumado que flotaba sobre sus ojos tenía la orilla blanca, por la fuerza centrífuga, y encendía gradualmente su color hacia el centro. María gozó del espectáculo y pensó también en la forma más idónea para contar, en un futuro, lo que pasaba dentro de su cuarto, aunque estaba más interesada en disfrutarlo.

De vez en cuando uno que otro pájaro salía disparado del hermoso círculo por la inercia con que giraban homogéneamente. Al caer, era notable la ausencia de un canto; se apagaban. Así, el sórdido canto de aquella pajarería disminuía su volumen y circunferencia. Caían. Pasaban como asteroides frente a su cara, rebotaban en la pared, se estrellaban en la cama.

María que miraba, sentía tristeza al ver el círculo flotante más y más pequeño a cada segundo que pasaba. Se volvía más lento. Ya habían caído los colores blancos y el centro, por su lentitud, se iba encendiendo. Cada canto derrumbado daba paso al silencio. Los pájaros caídos quedaban palpitando y daban leves respingos en señal de estar sucumbiendo. Ya habían salpicado sus colores y regado sus plumas por toda la pieza.

Cayó por fin el último, que segundos antes era todavía el centro del extinto círculo. Su color estaba intacto, siempre fue lento. Rojo completo. El pájaro rebotó sobre las rodillas de María. El impacto le hizo pensar en la velocidad de los demás. “Si éste, el más lento, pareció arrojado por la fuerza del aspa de un ventilador… con razón los de la orilla eran blancos.” Lo tomó. Punzaba entre sus manos. Lo acarició y sintió la tibieza que brotaba desde el interior del diminuto cuerpo. Y le hizo llorar con suaves pucheros que encendieron más el rosa de sus mejillas. Con la otra mano cogió un azul y lloró más fuerte; luego, deshecha y malherida por la torpeza de haberles permitido entrar, agarró con su mano temblorosa un tercer animal, y sus lágrimas empezaron a hacer escurridizas las imágenes en sus ojos. Secó su llanto y miró nuevamente con adecuada claridad. Era un pájaro blanco, frío y tieso en la palma extendida de su mano. Ella reventó en llanto. Fuerte. Se puso a manotear de ira con los tres animales alineados sobre los troncos de sus redondas piernas. Quienes oyeron el estridente alarido, quedaron inmediatamente sumergidos en la inmovilidad de la sordera, taladrándose elnido de silencio que se había instalado en sus oídos. El mundo se detuvo con sólo un grito.

Afuera, el viento era el único existente. Adentro, María miraba el juego silencioso de las ramas de los árboles. Todo alrededor y aún más allá, pasaba con una suerte de no estar sucediendo. El mundo apagado giraba en silencio. Entonces y sólo entonces, en silencio, María era consciente de lo que podía hacer.

La quietud regresó la suavidad a sus manos y le entregó una fuerza blanda a todos sus movimientos. Capacitada con una rara y sutil agilidad, lentamente abandonó la cama. Dejó caer su delgada huella. Dio un paso y la humedad se dibujó en el suelo. Otro paso y se quitó la falda, otro y la blusa. Miró sus pechos reflejados en el vidrio de las hojas abiertas de la ventana. Desnuda caminó sorteando el piso para no herir la tranquila muerte de los pájaros. Desnuda quedó frente a la ventana y frente a él. Quedó cara a cara con el hombre forjado por el silencio. Hecho de silencio. El viento movió los cabellos de María y esparció su olor. El aroma arrancó unas palabras al hombre y ella leyó perfectamente sus labios y los besó agradeciendo. Dos manos, en respuesta, rodearon sus caderas, y ambos cayeron al huracán de plumas, se perdieron en un combate lento de saliva, de besos.

La obscuridad cerró las ventanas y María sólo pensó en los árboles de la profunda noche cuando escuchó el siseo de las hojas. Este ruido le hizo sentarse; hasta entonces supo que estaban en la cama. Aguzó el oído y escuchó las manecillas de su reloj trepado en la pared; después de éste, oyó el lejano campanario de la iglesia. Después, sólo después, escuchó las voces claras que llegaban desde la sala en la planta baja. El ruido había retornado. Todo se oía. Asustada levantó inmediatamente la sábana para buscar a su hombre. El ruido lo tenía pálido, casi transparente, moribundo, a punto de disolverse.

—¡María! –gritaron desde abajo. Y el hombre se puso a temblar, a punto de la convulsión.

—¡María! –nuevamente.

—¡María!

Y se oyó el grito más cercano que disolvió totalmente al hombre.

María se dejó caer sobre la cama y abrazó el vacío blanco de la sábana. La claridad comenzó a llenar otra vez la realidad del cuarto. Después vio todo limpio. Blancas las paredes, el piso con su mismo color naranja y la cama clara por el halógeno de la lámpara.

Resignada, María volvió a sentarse. Parpadeó. Abrió y cerró varias veces sus ojos hasta que pudo regular la nítida y dolorosa claridad de la realidad.

—¡Voy! –contestó, molesta y amodorrada.

Antonio Vera*

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