Amnesias 68, Carmen Galán

Merari Fierro

Siempre es un placer para mí leer narrativa escrita por mujeres. Pero en esta ocasión, leer a Carmen Galán me conmovió profundamente. No sólo porque la conozco desde hace varios años y compartimos oficios de vida, sino porque el tema que ocupa el libro, Amnesias 68, también me atañe directamente. Pareciera ésta la historia de toda una generación nacida alrededor del `68, a la que por “obvias” razones no se le tomó en cuenta. Tanto que nosotros, quienes formamos parte de dicha generación, tampoco lo hemos concientizado.

Poner en evidencia lo que no se dice es tan importante al interior de una familia como en la sociedad misma. De otra forma, la herida permanece oculta, carcomiendo el sistema, mostrándose en forma de crisis, de inestabilidad, de insomnio.

Carmen Galán teje instantáneas de la vida de sus personajes, hasta completar un paisaje realista. Con ella, recorremos las calles de la Ciudad de México, las de los perseguidos políticos y sociales, pero también, las de quienes buscan encontrarse más allá de las tragedias diarias. Pero también muestra quiénes somos hoy: los herederos de una cicatriz que aún duele, porque no ha sido honrada del todo. Y es que se ha puesto de lado a los testigos de los eventos en torno al 2 de octubre, los padres y los hijos, y también, a aquellos que tuvieron tapados los ojos y oídos, porque no tuvieron la información, ni la curiosidad para entenderlos.

Esta situación se ha seguido repitiendo hasta el presente: continúan las desapariciones y la desinformación más allá de la tecnología actual, siempre rodeados de los observadores pasivos. Tal vez esta rueda eterna se detenga, hasta que podamos dar su lugar a todos los implicados, sin considerar víctimas ni culpables, observándonos como lo que somos: simples humanos en crecimiento.

Carmen Galán aporta su granito de arena para sacar a la luz el testimonio de quienes vivieron aquellos momentos, y sus consecuencias en el presente: una madre que despierta todas las noches, a la misma hora, con la misma pesadilla; y una hija que llora en consecuencia.

Agradezco a Carmen sus letras, llenas de sentido para mí; pues me permitió navegar entre el sueño y la realidad para reconocer, por vez primera, que a nuestra generación nos cimbró también Tlatelolco, tal como a nuestros hijos los está marcando el presente que caminamos.

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