De búsquedas y hallazgos

Raúl Eduardo González*

Mis primeras experiencias en la edición se remontan a mediados de los años ochenta, cuando, inscrito en el taller de cuento de Germán Castro Ibarra, en la Vocacional 5 Taxqueña, los miembros del grupo acometimos, de su mano, el lance de publicar un boletín en hojas tamaño oficio, engrapadas por la esquina superior izquierda. Aparecieron si acaso dos números de aquella aventura titulada Trampolín; el hecho es que se imprimía en miméografo.

Con el ocaso de la década de los ochenta se dio mi paso a la poesía —género que me sigue acompañando hasta la fecha—, y llegarían las computadoras personales. Resultó ya fácil hacer publicaciones de aspecto más apantallador, gracias a las impresoras láser, y a la reproducción xerográfica. En la Escuela de Turismo del Poli, hice un breve boletín, con secciones, supuestamente del interés de los estudiantes de turismo y negocios; el boletín se titulaba Letr@ Escrita(¡sí, con una arroba!, varios años antes del correo electrónico; el elemento gráfico me gustó, y decidí usarlo arbitrariamente en la cabeza de la publicación).

Luego, ya como estudiante de Letras en la Unam, tuve la posibilidad de trabajar como corrector de estilo. Bajo la tutela de Raúl Aguilera y Ana Clavel, respectivamente, aprendí lo suficiente como para vivir de esa actividad por algunos años (de hecho, sigo corrigiendo y editando libros, como un complemento a mi labor como profesor universitario, en la que llevo poco más de tres lustros), y para desistir de seguir jugando al diseño en mi computadora. 

La música veracruzana me permitió acercarme en primer lugar a Juan Pascoe, el reconocido tipógrafo que encabeza el Taller Martín Pescador, en Tacámbaro, con quien he podido publicar varios poemas, gracias a su generosidad. Su oficio, su sensibilidad y su tesón constituyen valores que honran a la imprenta mexicana. No ha sido el único que se ha aventado a publicar mis versos: están también José Mendoza Lara, José Luis Rodríguez y Celeste Jaime, en Morelia; Héctor Canales, en Zamora, y Carlos López, en México, cuya editorial, Praxis, ha sufrido un agravio que ofende a todo el medio editorial y cultural mexicano. 

En la embestida del pulpo inmobiliario de la Ciudad de México, han naufragado los ejemplares de mi poemario Tu ausencia y otros versos, como lo han hecho tantos libros —principalmente, de poesía— que atesoraba la bodega de Praxis.

En Carlos López, como en Juan Pascoe y en los otros editores que han dado acogida a mis versos —yo mismo he editado varios folletos de poemas míos; en algunos casos, con ilustraciones de talentosos artistas plásticos, como Artemio Rodríguez y Saskia Siebe—, he encontrado la pasión por hacer que la poesía pueda llegar al público de la mejor manera posible, y que el impreso permita que el verso pueda resonar en los lectores. Esto es lo que yo mismo he buscado, de algún modo, cuando he tenido que editar poesía de otros; no sólo escritores que cultivan el verso libre, sino, sobre todo, la obra de compositores de canciones populares, y canciones de tradición oral, que ese ha sido fundamentalmente mi trabajo en el campo de los estudios literarios.

Hace cosa de un año, comencé a publicar versos en Facebook, y eso me ha distraído mucho, porque, dado que la respuesta es casi inmediata, he tenido una retroalimentación que sólo un recital o una lectura en vivo pueden dar. Eso es profundamente adictivo, y peligroso de algún modo, pues detrás de un “Me gusta” se pueden encontrar muchas motivaciones, que el autor —de los versos, en este caso— encuentra codificadas de manera unívoca, falaz en muchas ocasiones, y que nos puede hacer creer que, además de amigosesa red socialnos ofrece lectores. En los meses recientes voy con pies de plomo, pues en el fondo no sé qué es lo que pasa cuando publico versos en Facebook, donde, asimismo, he compartido las publicaciones que he hecho en Alquimia.net, revista que he llamado “mi casa virtual”, y que es testimonio del reencuentro feliz con Merari Fierro, dado, justamente, gracias al Facebook. Por medio de Alquimiahe podido dar salida a una serie de reseñas y comentarios sobre la vida cultural —michoacana, principalmente— que no habían encontrado lugar en la prensa escrita, ámbito donde mis textos han fluido a cuentagotas.

En fin, en este breve recuento he tratado de mi experiencia en la edición de poesía, que abarca algunas décadas y varios procesos, desde la prensa de tipos móviles hasta las publicaciones electrónicas en línea, pasando por el mimeógrafo, las fotocopias y la edición por computadora, mayormente, en editoriales relativamente pequeñas o marginales, y en la edición de autor; más de una vez he contado con la colaboración de artistas plásticos y diseñadores. Tengo, lo reconozco, la tarea pendiente de reunir mis versos en un volumen, que espero emprender en breve, y espero contar para ello con un editor sensible y abierto; estoy seguro de que lo encontraré, pues la experiencia me ha mostrado que sí que los hay.

*De Antología BABEL 2018

Podría también gustarte...