Un libro que no te suelta

La noche tiene garras de Alejandro Juárez, (Typotaller, 2021, 110 páginas)
Ruth Escamilla Monroy

La noche tiene garras de Alejandro Juárez atrapa desde la portada. Un esqueleto monstruoso reluce entre la oscuridad que domina el plano en una ilustración de Armando Ordóñez. ¿Es humano? Parece, pero su mandíbula inferior es demasiado alargada y muestra dos pares de colmillos. En su cráneo hay protuberancias afiladas. Su cuerpo tiene la apariencia de no estar completamente descarnado. En la contraportada, los comentarios de Alessa Gil, Gabriela Torres Cuerva y Gerardo Lima corroboran la atmósfera de pesadilla y peligro.

La solapa advierte que las historias del autor “describen seres rotos, difusos, en el límite entre lo humano y lo que mora más allá”, algo así como la imagen que le da rostro a esta compilación de veinte narraciones capaces de mantener el suspenso sin importar su extensión. Las hay desde menos de una página hasta diecisiete y en ellas deambulan personas en proceso de metamorfosis, fantasmas, vampiros, híbridos de persona y bestia, espectros, osamentas parlantes, arañas y demás entes que ponen en marcha la imaginación de quienes leen: “Ahora tengo cara. Tengo un nombre. Y tú, guardarás/poseerás/sufrirás mi lugar por todo el tiempo que necesite.”  

Muchas de las historias transcurren en escenarios urbanos y en situaciones cotidianas, por lo que el terror se manifiesta con mayor facilidad. Lo que aquí ocurre le podría pasar a cualquiera, ya sea como víctima o como victimario. ¿Qué tal si después de un viaje llevaras contigo, sin saberlo, un espectro? ¿Y si un espejo te revelara la amenaza que llevas dentro? ¿Qué si de pronto en tu intimidad familiar descubrieras una naturaleza bestial que no habías visto? ¿Y si empezaras a convertirte en algo atemorizante? “Un rostro se asoma y me mira. Grito al contemplar mis propios ojos, mi boca hambrienta, la lengua ansiosa, los dientes poderosos”.

A través de diarios, de interacciones en un programa radiofónico, de charlas entre escolares que cuentan historias de terror o de narraciones en segunda persona que interpelan a los receptores, Alejandro Juárez teje tramas escalofriantes y se da la oportunidad de hacer contemplaciones poéticas del entorno:

La luz del cielo cambió de amarillo a naranja y luego a bermellón, hasta alcanzar tonos marrones que finalmente mutaron en alquitrán. Detrás de la barda podían verse las luces de las farolas como cuchillos luminosos que intentaban rasgar la negrura, sin lograr alcanzar el rincón en que se encontraban.

La noche tiene garras es un libro que no da tregua para pausar la lectura. Muestra un trabajo cuidadoso en la articulación de los hechos de cada cuento, así como en los comienzos que prometen intriga y la dan. Los diálogos fluyen con agilidad, entremezclados con las acciones que van encaminándose a finales sorprendentes.  Abre y cierra con la imagen de una mujer y deja que el terror toque al ser humano en las diferentes etapas de su existencia, por medio de la construcción de personajes diversos: “El niño sentía al miedo sisear en su oído, pero trató de ser valiente, como se lo pidió su madre”, “la cara de la anciana: una seca momia gris cubierta de lentos gusanos”, “al girarme, encuentro a mi amante. Me mira, sus ojos inmensos vueltos un estanque de gozo oscuro.”

En la presentación, Gerardo Lima advierte que “el horror nos habla de nosotros mismos, de nuestros temores más profundos”. En el prólogo, el autor comenta el origen de sus cuentos: sueños, leyendas, imaginación y vivencias. Seguramente, más de alguna de sus historias hará eco en las emociones de quienes caigan en las garras de su lectura.

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