Elipsis

Walter Keane

Guillermo Goussen

El niño, aquel niño que se parece a mí tanto, sentado sufriendo una tortura deliciosa… “Tres tristes tigres.” Guillermo Cabrera Infante. Lo recuerdas en la orilla de la calle, como ese chavalo que nunca recuperará la bicicleta de De Sica o el hijo del Cam•peón de King Vidor, que ante la muerte de su único ídolo inquiere entre la gente quién lo sacará de tal situación. Lo acompañaste toda la semana a cosechar el Arroz Amargo de los cincuenta centavos imprescindibles para traspasar ese espacio que lo conduciría a la imaginación: el cine. Le dio un beso aséptico a la parienta impenetrable, se puso •tidiada Tatum O´Neal en Paper Moon, buscó al inasible progenitor caribeño y hasta predijo a su madre las mejores notas escolares: dos chelines que un pueblo nunca acostumbrado al orden y convertido en una Marabunta apenas le permitió introducir en la taquilla del “Teatro Teresita”. Pero sólo obtuvo la quinta parte del ticket y el portero no le creyó que lo hubiese comprado. Entonces, lo miraste llorar en la cuneta mientras todo el mundo entraba a ver El Álamo de John Wayne: la primera derrota del ser más advenedizo que la modernidad produjo, el martirologio del soberbio invasor “cara pálida”.

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Ahora que eres incapaz de soltar una lágrima, el niño te cobija. Había ido contigo a escoger el filme con que la revolución sandinista rehabilitaba el viejo Splendor del cine Teresita; así, de manera paternalista, le daría a las masas el solaz necesario para olvidar los horrores de la dictadura. Tenía que ser El Álamo, para que gozaran viendo cómo el necio y bizarro “Duque” fracasaba vomitando su machismo White Anglo Saxon and Protestan, enfundado en un traje vaquero. Pero fue imposible: el “nuevo hombre” nicaragüense no quería el canon que lo obligaba al respeto de las cosas porque ya eran suyas. En menos de quince minutos los convidados al festín de Viridiana destruyeron el local llevándose hasta las butacas. Por eso el infante que fuiste cruza su brazo en tu hombro, como muestra de solidaridad, y te sugiere compartir la acera y la grima, para decirte que la puta vida es la escena de un niño que dio un beso aséptico y que se quedó sin disfrutar su película.

Tomado de: Leer el cuento, Endora Ediciones, México, 2010, p.13

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