Zantos

Alejandro Morales Mariaca

Redención.

Santos escupe con desagrado la palabra mientras presiona con mayor fuerza el cañón de su arma sobre su sien. Después de todo, ¿qué es la redención en este nuevo mundo? Desde el levantamiento de los Revinientes la salvación de la carne es mucho más importante que la del espíritu, la carne puede ser devorada, el espíritu no. Los revinientes (no es políticamente correcto llamarlos zombis) vinieron a cambiarlo todo. Un buen día y sin causa aparente (no sería hasta tiempo después que se descubriera que un extraño virus era el causante), los muertos dejaron de estarlo, se levantaron, comenzaron a morder y a bocados cambiaron las reglas de todo el maldito juego. No hubo un apocalipsis como en las películas, la civilización no se extinguió, tan sólo se adaptó, se volvió más retorcida, más violenta.

Veinte años después, la humanidad se ha acostumbrado a convivir con los revinientes, el ejército elimina rápida y eficientemente los brotes que de vez en vez surgen y son pocas las zonas en cuarentena que no han sido recuperadas. Hospitales y depósitos de cadáveres son estrechamente vigilados. Escuelas, bares, cines y oficinas realizan continuos y estrictos protocolos de seguridad y están facultados para procesar a cualquier sospechoso de estar infectado. De este modo la plaga de los revinientes se controló antes de que supusiera un verdadero peligro para la subsistencia humana, sin embargo, el daño ya estaba hecho. La política, la ciencia, la religión e incluso las relaciones sociales cambiaron para siempre. Los derechos civiles se han diluido bastante y los toques de queda son sumamente severos. Aunque en los últimos años las cosas se han ido suavizando poco a poco, hecho que ha importunado a los altos mandos militares, quienes ya se habían acostumbrado al poder que les fue otorgado durante la emergencia.

Poco se sabe de los revinientes y del patógeno que los origina (conocido como N1H—Z), los infectados básicamente actúan como en las películas clásicas, son lentos, torpes, descoordinados y caníbales; el único modo de lidiar con ellos es con una bala en el cerebro. Deambulan sin rumbo fijo buscando a alguien a quien morder, y cuando lo hacen, bueno, estás jodido, puesto que con esa mordida te han inoculado el virus. Una vez mordido tienes alrededor de diez días para despedirte de los tuyos, arreglar tus cosas, volarte la tapa de los sesos y con ello hacerle un favor al mundo. La ley es muy clara en ese aspecto, la eutanasia preventiva es antes que nada, un deber civil.

En este escenario de muertos vivientes y militarismo, Santos ejerce de investigador privado en la ciudad de San Romero, un oficio muy requerido en este nuevo mundo en el que siempre hay alguien dispuesto a pagar buen dinero por el paradero de algún familiar desaparecido y no en pocas ocasiones, para eliminar a algún reviniente “incómodo”; en este mundo no hay lugar para escrúpulos. A pesar de ser muy bueno en su oficio, el último caso de Santos no terminó bien. La misión era de rutina, descubrir el paradero del nieto de un viejo ricachón, lo cual logró sin grandes esfuerzos. Desafortunada•mente el niño era ya un reviniente cuando lo encontró y tuvo que atravesarle el cerebro con una bala (servicio que cobraría extra, por supuesto). Cuando Santos regresó con el anciano a cobrar su paga, descubrió que todos los sirvientes de la mansión habían sido parcialmente devorados, de algún modo el viejo se había transformado sin que nadie se percatase de ello. Sin vacilar, el detective sacó su beretta pero no fue lo suficientemente rápido, el anciano le clavó los muertos y crueles dientes en su brazo izquierdo. Un par de balas dieron rápidamente por terminada la situación, pero Santos ya estaba condenado. Dentro de diez días él moriría o sería uno de ellos.

Sin retirar el cañón de su arma, Santos toma la botella de whisky de su escritorio y la vacía de un solo trago. Muy a su pesar, aquello no basta para embriagarlo, ni hablar, así tendrá que ser. No vivirá la agonía de los diez días, terminará con esto de una buena vez, rápido y sin dolor. Sabe que no hay tiempo para arrepentimientos, así que suprime todo pensamiento y lleno de decisión se dispone a accio•nar su arma. Justo antes de que su dedo se tense sobre el gatillo, el teléfono suena.

II

Era una locura, ¡pero qué diablos!, bien podía darse el lujo de vivir una última aventura, un último trabajo. La llamada resultó ser de una mujer de seductora voz que solicitaba sus servicios. Su petición no era nada fuera de lo común, tenía que rastrear a un sujeto, el esposo de la mujer, y tomarle algunas fotografías. El objetivo era un tipo común y corriente, tal como lo pudo comprobar al ojear el expediente que le proporcionaran sus contactos: empleado del departamento de drenajes de la ciudad, sin antecedentes criminales, con un pobre historial crediticio, contribuyente cumplido, donador de órganos, todo un libro abierto.

El sujeto tenía una rutina que seguía diariamente de manera religiosa, todas las tardes al salir de su trabajo se dirigía a un pequeño bar a tomar un par de cervezas, para luego emprender el camino a su departamento, ubicado a unas cuantas calles del centro de la ciudad. Santos lo espera dentro de su automóvil frente al bar, a salvo de la fuerte lluvia que cae en esos momentos. Para aligerar la guardia, el detective toma uno de sus cigarrillos y enciende la radio, las últimas notas de un blues se extinguen por las bocinas y dan paso a un radio—noticiero:

En las noticias de hoy, las autoridades de San Romero informan que un nuevo brote de revinientes fue contenido con éxito por las autoridades sin que se reportaran bajas civiles, el incidente ocurrió durante un evento deportivo en el que no se cumplieron debidamente las medidas de seguridad. Con éste suman ya ocho brotes de revinientes en el transcurso de la semana.

En internacionales, se ha declarado oficialmente que India y China son aéreas irrecuperables. Del otro lado del mundo, autoridades mexicanas indican que el tránsito de inmigrantes norteamericanos en busca del “sueño mexicano” se ha incrementado en los últimos meses, e informan que pronto cerrarán la frontera.

En noticias de salud, los científicos anunciaron que la vacuna experimental contra el H1N—Z en la que se encontraban trabajando ha resultado ser un rotundo fracaso, según se ha dado a conocer, la vacuna no sólo no evita la infección, sino que la acelera. La enfermedad continúa siendo incurable y la comunidad médica internacional se encuentra desconcertada.

En cuestión de política, el grupo pro re—animados “Ya no hay lugar en el infierno” se manifestó fuera del ayuntamiento de la ciudad para exigir que a los revinientes se les siga considerando sujetos de derechos tras su reanimación. Por otra parte, el General Loureiro declaró que buscará que el congreso acepte implementar sus modificaciones a la ley de estado de excepción, con lo cual se reforzaría el control militar sobre el gobierno civil.

Con esto Santos apaga la radio. Con o sin revinientes el mundo no deja de estar loco. Justo en ese momento el objetivo sale del bar, y antes de que pudiese hacer algo, una camioneta negra aparece súbitamente y desde ella abren fuego sobre el sujeto.

Para cuando el detective llega junto al cuerpo descubre que ya no hay nada que hacer, tampoco hay rastros de la camioneta. Para cuando la policía militar llega al bar, Santos ya se encuentra muy lejos del lugar. Con el objetivo muerto y las horas corriendo en su contra, podía dar por terminado el trabajo. Así que acuerda verse con la clienta en su oficina para entregarle el informe de lo ocurrido. El detective no tiene que esperar mucho, pronto le abre la puerta a una esbelta mujer que se mueve por el lugar como una sombra. No es tan joven como la imaginaba, pero aún es hermosa, apenas derrama una lágrima cuando Santos le informa del destino del objetivo. —Era un buen hombre —dice ella con un hilo de voz. —No se mereci… La mujer no alcanza a terminar la frase porque en ese momento la puerta del despacho estalla y un par de hombres irrumpen en el lugar disparando armas largas, una bala le atraviesa limpiamente la garganta. Santos apenas tiene tiempo de arrojarse un lado y hacerse de su beretta. El intercambio de disparos no dura mucho, la diferencia de armamento es demasiada como para que el detective pueda soportarla durante mucho tiempo, así que aprovechando un descuido de uno de los sicarios se arroja de forma suicida hacia él y juntos atraviesan el umbral de la destrozada puerta. A pesar de ya no ser joven, Santos todavía se mueve bastante bien, así que rápidamente se incorpora y sale del edificio para perderse en la lluviosa noche. Durante la huida un pensamiento se sobrepone en su mente sobre todo el caos vivido durante este día, sin duda alguna, aquellos hombres actuaban como militares.

III

Tal como Santos suponía, ninguna noticia del ataque a su oficina salió en los medios de información, lo que fortaleció su hipótesis respecto a los militares. Incluso sospechaba que la camioneta que disparó sobre el hombre que investigaba igualmente era conducida por soldados. Pero suponer eso le traía más preguntas que respuestas. Para empezar, ¿por qué los militares tendrían interés en eliminar a dos civiles comunes y corrientes? Sin importar la respuesta, ellos ya estaban muertos, y él se había convertido en blanco, en un cabo suelto. Claro que no olvidaba que en pocos días el N1H—Z lo mataría, pero esto era distinto. Hay una gran diferencia entre tener que suicidarse y ser asesinado por alguien por motivos desconocidos. En definitiva no iba a permitir que lo eliminaran como a un animal rabioso, se defendería, vendería cara su vida, aunque ésta ya no valiera mucho. Pero para hacerlo necesitaba información, necesitaba saber.

Los tres días siguientes Santos los pasó oculto en diversos edificios ubicados en las zonas no seguras de la ciudad, no sabía muy bien cómo actuar ante la amenaza que se cernía sobre él. En definitiva no podía regresar a su oficina, tampoco podía tener contacto con sus in•formantes; se encontraba ciego y sordo. Al menos no se encontraba indefenso, había gastado todo el dinero que portaba en cajas de munición para su 9 milímetros y en raciones de emergencia, fáciles de conseguir y consumir, aunque ciertamente comer era la última de sus preocupaciones. A pesar de encontrarse en una zona no segura de la ciudad se había topado con pocos revinientes, y a la mayoría de ellos simplemente los había evitado, en aquellas circunstancias, más le valía ser discreto.

En la tercera noche, mientras Santos regresa a uno de sus refugios, se ve sorprendido por un nutrido grupo de revinientes que vagan por los alrededores. Por lo que el detective puede ver, se trata de reanimados recientes, y por lo tanto, más peligrosos que sus congéneres más antiguos. Sabiendo que el combate es su única opción, Santos toma su arma y se apresta a abrirse paso a sangre y fuego. Pero su dedo nunca logra accionar el gatillo. Sin alcanzar a darse, un trío de soldados se colocan a su espalda y lo encañonan con sus rifles automáticos. Santos sabiéndose vencido decide rendirse y arroja su arma al suelo; acto seguido se deja guiar dócilmente por sus captores. Mientras es escoltado, el detective puede ver cómo más soldados llegan al lugar y comienzan a guiar a los revinientes cual ganado macabro.

Durante el trayecto más y más revinientes llegan a nutrir el ya numeroso grupo, siempre espoleados por militares. Tras avanzar un par de calles más, la marcha se detiene justo frente a lo que Santos reconoce como una de las abandonadas estaciones del metro. Durante la emergencia original de los revinientes las autoridades decidieron clausurar el metro para contener la infección, lo que resultó ser efectivo y salvó muchas vidas. Ahora Santos se da cuenta de que los militares habían retirado las protecciones y destruido los bloques de concreto, dejando suficiente espacio para que cupiera la tenebrosa columna de no muertos. No sin pocos problemas los soldados logran introducir a la horda a través de la abertura, cuando el ultimo reviniente desaparece por el túnel, Santos es a su vez conducido al interior de la tierra.

Dentro de la estación el ejército había reinstalado la electricidad, la pálida luz de las farolas le revela al detective una imagen de pesadilla, cientos o quizá miles de revinientes se encuentran hacinados en el espacio que ocupan las vías del abandonado metro; alrededor de ellos, desde los andenes, docenas de soldados intentan con dificultad contener al pesadillesco enjambre de no muertos con macanas eléctricas y escudos antidisturbios. Un poco más allá de su posición, Santos descubre un grupo de oficiales de alto rango, al frente de todos ellos se encuentra el general Loureiro en persona, quien sin duda es el mandamás en aquella extraña operación.

No le toma mucho entender lo que sucede, durante semanas o in•cluso más, el ejército ha estado recolectando revinientes para alma•cenarlos en aquella estación abandonada. Cuando Loureiro crea tener los suficientes los soltará en pleno San Romero causando con ello el caos. Esto orillará al gobierno de la ciudad a aceptar las recomendaciones del general, básicamente otorgándole el poder absoluto. De algún modo el hombre del bar se había involucrado en el asunto y por ello fue asesinado, lo mismo que su esposa, así que cualquiera que pudiese tener contacto con ellos representá una amenaza para el plan.

Uno de los militares de su escolta se separa de él y se acerca a los oficiales; tras intercambiar unas palabras y señalar a su posición, Santos sabe que ya lo han identificado y que no tardarán en eliminarlo. El curtido general le dirige una mirada en la que se mezclan la curiosidad y la condescendencia, hace un gesto afirmativo con la cabeza y con ello firma su sentencia de muerte. Los dos hombres detrás de él levantan sus armas y colocan los dedos en los gatillos. Justo en ese momento un joven soldado pasa cerca de las vías portando una caja de madera, por su titubeante caminar se ve que se encuentra sumamente nervioso por la cercanía de los revinientes; está tan alterado con aquella visión que no se percata que uno de los no muertos extiende uno de sus podridos brazos y le sujeta una pierna, haciéndolo caer estrepitosamente. El joven soldado grita y se retuerce con todas sus fuerzas intentando soltarse, pero varias manos tiran de él hacia el enloquecedor mar de carne muerta. Algunos de los oficiales al ver la escena comienzan a ladrar órdenes, la aten•ción de todos está en el destino del desafortunado joven, pero no la de Santos, él dirige la mirada hacia el suelo, donde el contenido de la caja rueda en todas direcciones, son granadas.

Jugándoselo todo en aquel momento toma un par de ellas, las activa y las arroja hacia la entrada de la estación, los artefactos caen convenientemente cerca de un barril de combustible. La explosión es poderosa y contundente. Decenas de toneladas de escombro sellan definitivamente la entrada, convirtiendo el lugar en un mausoleo para todos los que se encuentran dentro. Cuando los militares se dan cuenta de lo ocurrido ya es demasiado tarde, los revinientes enloquecidos por el ruido y el olor a sangre superan con facilidad a sus aturdidos custodios y se arrojan contra los sobrevivientes. Perdida toda disciplina cada hombre ve por sí mismo, pero todos están igualmente perdidos, los no muertos son demasiados como para que las armas puedan hacer algo al respecto. En pocos minutos todo queda en silencio.

Santos yace en el piso sobre un charco de su propia sangre, su cuerpo fue alcanzado por decenas de esquirlas de metal, está agonizando, pero en su rostro se dibuja lo que bien podría ser una sonrisa. Nunca quiso ser un héroe, y quizá no lo sea ahora, no ha salvado al mundo, no ha acabado con la amenaza de los revinientes, tan sólo ha retrasado un poco lo inevitable, pero con eso basta. El H1N—Z no tardará en tomar el control de su cuerpo, pero antes de que su cerebro se apague, una sola palabra brota de sus labios:

Redención.

 

Tomado de: Antología Zombie, Endora Ediciones, México, 2012, p.82

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