Lírica invasiva

© Jawa Tengah

Sandra J. Kuilan Torres*

Desde el pensamiento universal, particularmente de la cultura hispanoamericana, se tiende a inculcar por tradición familiar, social, cultural y teológica, que el ser humano se encuentra ligado a una divinidad espiritual que, tras la muerte física del cuerpo carnal, es entonces que la denominada ”alma” se desprende de él y, según el individuo se haya conducido ética y moralmente en el plano terrenal conocido, habrá de ser merecedor a que le sean abiertas las puertas del cielo (entendido éste como esa estancia donde residen las almas que fueron, en general bondadosas), o por el contrario, ese paraíso le será denegado, para entonces ser turnado a pasar un tormento eterno en el infierno como penitencia de sus faltas, llamémosle, pecados. Así, nos enfrentamos a la tradición que sugiere la existencia de un infierno, a una suerte del centro de la tierra, como un lugar inhóspito, envuelto en llamas, plagado de almas en eterno tormento, siendo fustigados por aquel ente nombrado de múltiples formas, habitualmente representado con piel enrojecida, de cuernos gruesos y retorcidos, de garras negras y afiladas cual la más punzante de las navajas, con una mirada profunda de un color negro más oscuro que la noche más espesa. Bajo las premisas anteriores, diríase que el cielo “es arriba”, y el infierno “es abajo”, donde, de forma correspondiente, “el cielo es para los buenos”, y “el infierno es para los malos”. Esta dualidad, se dice, es el conflicto eterno entre el bien y el mal, equiparable en el pensamiento oriental al ying y al yang o, en una postura tanto más neutral, a lo positivo y lo negativo.

Los preceptos anteriores, analizándolos con la mayor de las objetividades, sugieren que aquella entidad denominada como “Dios” (sin por ello afirmar ni refutar su existencia), constituye una figura que resultaría bastante similar a un ser humano, y que fue el creador de todo lo que es (incluyendo incluso “lo que no es”), y quien funge a modo de juez, quien constante y permanente- mente, observada casi pasivamente nuestros actos y pensamien- tos, que juzga implacablemente de acuerdo a los preceptos dictados por él mismo como “buenos”, y “malos”, y una vez acaecida la muerte, todo lo hecho en vida ha de ser medido por la balanza, cual Dama de ojos vendados, símbolo de la Ley y de la Justicia, donde sin mayor preámbulo, se determinará la inclinación por tal o cual tendencia, y sobre el resultado, será el cauce al cuál se dirigirá el destino perpetuo del alma.

Ahora bien, llevando nuestro pensamiento más allá de la tradición y de lo plasmado en cualquiera de los textos sean religiosos, esotéricos, metafísicos, parapsicológicos o de alguna otra corriente, ¿qué papel y rol tiene la denominada “alma” en este juicio binario, a modo de libro que es escrito durante el tiempo en vida, para realizar la inscripción y conclusión definitoria justo al final del ciclo, para un dictamen post mortuorio? Estos preceptos, sugieren que el alma y el cuerpo son dos entes que, si bien están ligados y atados, lo están de igual forma independientes y perfilados a desprenderse; convergen en vida, y desvinculan en muerte. Basándonos en principio fundamental y universal de la física, que dicta que dos cuerpos no pueden ocupar simultáneamente el mismo espacio en el mismo tiempo, vamos deduciendo, por razonamiento, que coexisten simbióticamente, pero no son lo mismo. Esto de igual forma, permite otorgar razón a que el ser humano no es una unicidad, sino que se conforma, hasta este punto, por cuerpo, alma y, en añadidura, por la mente que, por ahora, podemos equiparar al pensamiento, pese a no ser este último objeto preciso de nuestro análisis.

Permítame el lector cuestionar entonces, si el cuerpo es, como sabemos, materia física tangible y conformada por elementos perfectamente identificados por la ciencia médica, ¿qué es entonces el alma, también materia? Sosteniendo el fundamento basado en la universalidad de la física, bien es sabido que todo lo que es y existe, se conforma por dos grandes componentes: la materia, y la energía. Se vislumbra como tentativa, pues que, si el cuerpo representa a la materia, el alma, por consecuencia, ha de estar fundamentado en energía. Cabe en este punto citar un dato relevante, pues ciertos estudios destinados a establecer la existencia del alma, han logrado determinar, según su experimentación que, un individuo tras su fallecimiento, posee una reducción de peso equivalente en 21.26 gramos, misma cifra que en sus hipótesis, se le atribuye al alma; más aún, acorde con estas referencias de experimentación, han citado que en especies ajenas al ser humano, no se presenta fenómeno de reducción de peso post mortuoria, siendo idéntica en vida que en muerte. Así, la hipótesis referida sugeriría que el alma es exclusiva del ser humano.

Hasta el presente punto, me permito inferir que los elementos sugieren lo siguiente: el ser humano está conformado por materia, constituida por el cuerpo, y de energía, de lo que está hecha el alma, y estos dos factores en su combinación, son exclusivos y únicos en todo ser vivo. Más habrá que analizar factores complementarios a continuación.

Ajenos a cualquier apego teológico o idiosincrático específico, encontramos corrientes, quizá tanto más orientadas al ocultismo, esoterismo y similares, que refieren que, previo al nacimiento, el alma existe ya en algún lugar, ajeno a nuestro plano astral, o universo conocido, así como que ésta había ocupado previamente otro cuerpo, y anteriormente otros en cantidad desconocida, y una vez que sucede un nacimiento de un cuerpo físico, digamos “nuevo” y “actual”, dicha alma ocupa al neo nato. Incluso se piensa, que esta asociación dista mucho de ser fortuita y casual, sino que existe una predeterminación de qué alma ocupará qué cuerpo, según los antecedentes de la o las vidas pasadas. Así, estamos ya ahora hablando del fenómeno de la reencarnación, en la cual estas corrientes ideológicas pueden afirmar existencia de “vidas previas”, para traer a una “vida presente” y que, posterior a la muerte, podrán suceder “vidas futuras”. Esta concepción posiciona al alma como una especie de ente energético dinámico y errante que, sí ligado al espacio, no lo necesariamente está al tiempo, quiero decir con esto, que pareciese que el cuerpo físico posee ciclo de vida y muerte, pero no el alma, que es atemporal.

En corrientes orientales, tales como el hinduismo, budismo, taoísmo, o incluso otras estructuras que no alcanzan categoría de religión, así como las corrientes como metafísica, parapsicología y otras, se dice, de forma general, que el ser humano existe en el plano terrenal, proviniendo de vidas pasadas donde el alma posee la capacidad de ocupar un nuevo cuerpo. Habitualmente, en una relativa similitud al pensamiento cristiano, el alma está sujeta a una evaluación que, en este caso, se asocia con el denominado karma y, según resulte la valoración, la nueva ocupación del cuerpo podría estar asociado con una nueva, digamos “oportunidad”, por continuar un camino que conduzca al engrandecimiento del alma, ascendiendo continua y lentamente, vida tras vida, hacia la trascendencia a planos superiores de la espiritualidad. Así, la distinción fundamental entre la tradición religiosa, es que el alma es única en asociación a un solo individuo quien, al perecer, su alma será destinada a una paz del cielo, o tormento del infierno. Por el contrario, la concepción donde las almas transmutan a otros cuerpos, justo cuando éste fallece, el alma podrá volver, y ocupar uno nuevo, de acuerdo con el modus vivendi y agentes de karma que se hayan sucedido. El alma, en estos casos, está en una permanente búsqueda de ascender en los planos astrales, hasta que en algún momento, finalmente, alcance el nivel de trascendencia que permita al alma por fin ascender a un desconocido plano o dimensión, ajeno y desprendido en entero de todo aquello que es físico y material.

Dícese que escasos son los individuos en toda la historia de la humanidad, que han logrado alcanzar los niveles de trascendencia espiritual más elevados, a partir de técnicas como la meditación, cuyo fundamento esencial se basa en la habilidad de interiorizar a un nivel tan profundo, que la tripartita del cuerpo, la mente y el alma (lo espiritual), alcanzan planos superiores donde los aspectos físicos del plano terrenal conocido como “normal”, para ese ser trascendente, son superados, y el grado de interiorización es tan alto, que es posible desprenderse del todo lo existente.

En virtud que es ínfima la cantidad de seres quienes logran alcanzar ese plano de trascendencia espiritual, el resto de la gente estamos, por decirlo así, condenados a que nuestra alma transcurra múltiples vidas terrenales que, se dicen pueden sumarse no sólo en decenas, sino quizá hasta en centenas, pudiendo perdurar siglos o incluso milenios, a modo de una constante oportunidad por superar gradualmente los planos espirituales. Hay quienes se autonombran con capacidades extrasensoriales de magnitud tal, que refieren capacidad de “leer”, o “captar” esas vidas pasadas en otras personas. Explican, en su concepción, que algunos han sido famosos Reyes, Faraones, o crueles criminales, quizá asesinos seriales, artistas, o cualquier clase de rol de personajes famosos de la historia.

Retomando el pensamiento objetivo y analítico de lo anterior, encuentro una conjetura que, desde el simple plano de lo matemático y físico, no resulta lógico y está sujeto a un severo cuestionamiento. Me explico a continuación. A la fecha presente, año 2019, se estima que existimos poco más de 7.6 mil millones de personas, lo cual significa, misma cantidad de almas en este plano terrenal; una década atrás, alrededor del año 2008, la población era de 6.7 mil millones, esto es, casi mil millones menos que en el presente; un siglo atrás, cerca del año 1900, eran tan sólo 1.6 mil millones de habitantes vivos; de igual forma, esta habría de ser la cantidad de almas existentes por aquel entonces. Antaño, en la era del año cero de nuestra era, la población mundial era de tan sólo 200 mil habitantes, que, en el mismo orden de sincronía, serían las mismas almas existentes.

Con las cifras anteriores, es fácil identificar que existe un paradigma por resolver, ¿las almas son finitas, están sujetas a creación, o es acaso que existe, por así decir, algún plano astral, o de algún universo no conocido, donde residan las almas, que vienen gradualmente a ocupar formas corpóreas conforme asciende la tasa de seres con vida? Esto pues si la relación es lineal, donde una sola alma pueda ocupar un solo cuerpo al mismo tiempo, lo cual resultaría muy congruente con los principios incluso de la física, es una incógnita que, hasta donde mi literatura y conocimientos alcanzan a vislumbrar, no existe explicación que resuelva la incógnita. Me permito entonces, hipotéticamente, descartar por mero principio de física y numerología, que las almas, en el supuesto de su existencia, puedan tener capacidad de reencarnación; en estas conjeturas, me resulta más práctica y realista la idea de una unicidad de un cuerpo a un alma, que se integran al nacimiento, para desligarse a la muerte.

Tras lo expuesto, me resta únicamente concluir con mi hipótesis acerca del alma, qué es, de dónde proviene, y su destino tras la muerte, para ello, expresaré en tono afirmativa mi aseveración. Atado a los principios de la física, el alma está conformada por un cúmulo de energía, que de igual forma no emerge ni se crea de la nada, sino que se constituye por moléculas integradas, provenientes de materias y energías que previamente tuvo otras formas y manifestaciones (o sea, no se creó ni destruyó, proviene de una transformación), y esta transformación es en todo sentido, una transmutación de sus formas pasadas. Apelando a la preservación de vestigios de lo que cada molécula fue, es que, al integrarse en esta nueva energía, o nueva alma, posee su identidad propia y única, con determinada memoria molecular que, ya ligada al cuerpo, correspondería en cierta similitud, al karma asociado con el pasado. Esta materia (cuerpo) y energía (alma) que transcurren en un presente específico, interactúan en el plano astral que corresponde, afectando y siendo afectados por su entorno. Por último, a la muerte donde el cuerpo físico habrá de desintegrarse para transformarse en otras formas, asimismo el alma, como energía conformada de átomos, se dispersará, recreándose posteriormente, constituyendo nuevas formas, y entre ellas, nuevas almas que ocuparán nuevos cuerpos. Este ciclo perdurará por mismo tiempo y hasta que el último cuerpo humano muera y perezca del nuestro plano terrenal conocido.

* Texto recibido vía e-mailing.

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