¿El fin de la pandemia o el comienzo?

© Mirit Ben-Nun

José Ángel Leyva

Ya se anuncian las vacunas y sus precios contra el Covid-19 como esperanza de ponerle fin a esta especie de maldición. Una experiencia semejante a la que viven los protagonistas del filme de Buñuel, El ángel exterminador, cautivos en una casona sin comprender las causas que los retienen, que impiden su libertad, y que tal vez, según lo deja entrever el cineasta, jamás lo sepan.

Es y será un acontecimiento que dejará una marca en los jóvenes, pero sobre todo en los niños y los adolescentes, que han visto reducidos sus espacios de juego, ya de por sí limitados por la violencia y la inseguridad en países subdesarrolados y en vías de desarrollo. Pero no sólo los niños y los adolescentes han incrementado sus horas de, literalmente, matar el tiempo en juegos cibernéticos. Lo virtual ha ganado espacio en nuestras mentes y en nuestros espíritus, la realidad se vuelve cada día menos tangible, menos aprehensible, aunque el estrés, la ansiedad y la ira sean derivados de la frustración y se manifiesten en cuerpo y alma.

          El meollo de esta experiencia planetaria es ¿cuánto en verdad hemos aprendido? ¿Cuánto aprendieron las generaciones que nos precedieron de las mortandades no sólo por causas patógenas sino por acciones humanas de destrucción motivadas por el poder, la dominación, el sometimiento, la rapiña, la venganza? Llamamos a los virus: “enemigos invisibles”, “amenazas microscópicas”; no nos reconocemos como origen del desastre, como la causa del mal. La estupidez nos ciega y vemos enemigos donde sólo hay vida, hay movimiento, acción, cambio. 
          Incertidumbre, desasosiego, frustración y miedo son parte del caudal de sentimientos que nos deja esta experiencia de riesgo y letalidad. Pero en ningún momento han dejado de sonar los tambores de la guerra, los gritos de histeria, las amenazas de revancha. Lo importante por sobre todas las cosas y las causas es el mercado, le hegemonía de una nación sobre otras, de un grupo étnico sobre los demás, la supremacía civilizatoria, los fines políticos, las verdades de unos por encima de las realidades de los demás, le jerarquía de un partido por encima de las leyes, la trampa antes que la justicia, la simulación y no la realidad. Las redes sociales como plaza de exhibición o como tribuna de los imbéciles, como explanada de linchamiento o como espejo majestuoso del narcisismo ramplón, como muro de lamentaciones de los privilegiados que no ven la tragedia ajena, pero donde sus pequeños escozores existenciales se magnifican y suman likes para aliviar la pena.

          Victoriosas vacunas acabarán, quizá, con la pandemia del coronavirus, pero los grandes problemas que amenazan la vida del planeta permanecerán inmutables: devastación de ecosistemas, catástrofes derivadas del cambio climático, pruebas nucleares en los fondos marinos, consumo desaforado contra pobreza extrema y mortandades por hambre, producción y venta de armas para atizar conflictos sociales, producción y consumo ilimitado de narcóticos, invención de guerras y enemigos para sostener la industria bélica afinada, racismo, clasismo, explotación inhumana de la fuerza de trabajo, apología de la violencia y desprecio por la cultura y el arte, desprecio por la vida y la palabra. Hoy ha cambiado algo de raíz y es que los efectos, las consecuencias de la llamada civilización se viralizan, se convierten en efectos de orden planetario con una rapidez pasmosa. 
          Vendrán vacunas contra una y otra causa microscópica, pero el hombre ¿comprenderá por qué no puede salir de su prisión, por qué sigue atado a lo superfluo como una forma de matar el tiempo y no de ganarlo, por qué los libros, la música, la conversación, el pensamiento, la contemplación, los idiomas, el arte en general, la lectura, el ocio creativo, la amistad, la palabra franca conforman ese terreno fértil donde se nombra de distintas maneras ese artículo de primera necesidad llamado cultura, esa semilla y ese fruto que nos enseña a bien vivir, a bien pensar, a bien morir, a comprender la libertad como bien exclusivo de lo humano?

Vendrán vacunas, vendrán enfermedades, vendrá la vida…  

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